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Tomasz Alen Kopera.

Cuando terminó el exorcismo la noche se avecinaba fría y nebulosa. Se calzó la gruesa gabardina y, mochila al hombro, esperó en el pequeño living de la humilde casa hecha de barro y cemento. Estaba cansado, pero no le apetecía sentarse. La sensación de pesadez en el cuerpo lo agobiaba opresivamente después de cada ritual, y sentarse parecía acrecentar esa sensación de sofocante dolor corporal.
¿Era el cuerpo el que le dolía en realidad? Miró el pequeño cuarto: la gastada tela de los sillones, el color carcomido de los antiguos muebles, la descolorida trama de los paños que los cubrían, los difusos marcos de retratos familiares, las figuras y símbolos religiosos puestos aquí y allá, paganos y cristianos. Todo le recordaba esa mezcla de fe y superchería que siempre acompañaba ese tipo de eventos. Y él sabía de eso.
Una vez recibido el pago, salió a la blanca y húmeda noche, apenas iluminada por los agonizantes focos del tendido eléctrico. Si hubiera llevado un maletín en lugar de una mochila, habría parecido toda una figura parado bajo la tenue luz de aquel poste. Sólo hubiera necesitado la música de fondo para convertirse en el clásico cliché de cartelera cinematográfica.
Y tal vez ya lo era. Un decadente cliché del abatidor de demonios, el paladín espiritual contra las fuerzas del mal. Chamán mercenario, había escupido el supuesto demonio. Cuatro intensas sesiones para doblegar aquella espantosa aberración psíquica, y lo único que le había quedado era esa expresión. Precisa, como siempre. Como todos los insultos y las argucias mentales para minar todas sus defensas y de quienes rodeaban al poseso. Nunca era una posesión real, por supuesto. Nunca lo creyó y nunca lo creería. Aquello era literatura, simple superstición. O peor: un misterioso sucedáneo de culpas y miedos tomando cuerpo desde lo más oscuro de la psiquis humana. Nada más.
¿Lo era? Un moribundo eco crujió en la oscura calle taponeada de silencio y camanchaca, como una resonancia fantasma de sus propios pasos, e instintivamente se llevó la mano al pequeño crucifijo que colgaba sobre su pecho. Una vieja reliquia de un viejo ministerio que acabó en nada. Lo era. En aquel mundo jamás habría espacio para dioses y demonios. Sería demasiado simple. Lo sabía. Pero ahí estaba, conjurando aquella gran farsa, acrecentándola con sus súplicas y rezos. Combatiendo una farsa con otra aún mayor. Y cobrando sus honorarios.
Al doblar la siguiente esquina vio la imponente silueta de una iglesia dibujarse vaporosamente unos metros más allá. Aún había luz en la pequeña casa parroquial adosada al costado, y se alejó caminando hacia ella. A sólo unos metros, distinguió una silueta familiar en una de las ventanas. Sacó el pequeño celular (otra reliquia de otro tiempo) y marcó haciendo un ring.
Segundos después la puerta de la pequeña casa se abría ante él.
― Llegas tarde –le reprochó la figura sacerdotal detrás de la puerta, haciéndolo pasar.
― Me vine caminando –explicó él, una vez adentro.
El sacerdote lo condujo a un pequeño estudio que olía a biblioteca y tela suave, recién planchada.
― ¿Cuántas necesitas? –preguntó el sacerdote, abriendo un aparador.
Una hilera de botellas de mediano tamaño, llenas de agua cristalina, tintineó sobre las repisas interiores.
― Unas diez –calculó, revisando su mochila.
― Puedo darte siete –dijo el otro, poniéndolas sobre el escritorio–. Tengo dos homilías mañana y necesito las otras.
Luego lo miró con el mismo rostro carente de expresión de siempre.
― Podrías hacerlo tú mismo –le recordó, con otro dejo de reproche.
― Ya no hago eso –dijo él, devolviéndole la mirada.
― Entonces usa agua normal –insistió el otro–. Para el caso, da lo mismo.
― No es lo mismo –aseguró él, empezando a guardar las botellas.
¿Para quién? La pregunta flotó en el aire, impronunciada, pero nítida. Ambos sabían la respuesta. En un mundo donde dioses y demonios eran una mera deformación de la percepción, el agua de un retrete tenía el mismo valor que un poco de agua consagrada para una mente atrapada en las garras de la superstición y la sugestión, si se la ponía en contexto. Pero no para él. Otra vieja reliquia estampada en su mente, ingenua, pero necesaria, como un ancla emocional a la que asirse en cada ritual.
― La curia está empezando a cabrearse –comentó el sacerdote–. No le hace mucha gracia que un sacerdote…
― Ex –recalcó él.
― Ex sacerdote, ande por ahí ofreciendo exorcismos y cobrando por hacerlos. Y menos que reciba apoyo de sacerdotes en servicio.
― ¿Y qué se supone que les diga? –preguntó amargamente, colgándose la mochila–. ¿“Disculpe, vengo a hacerle una terapia de shock por sugestión.”?
― Les molesta especialmente lo de los honorarios –puntualizó el otro.
― ¿También a ti? –inquirió, mirándolo.
― Hermano –dijo el sacerdote, suavizando su voz y su rostro, y tomándolo por los hombros–, tienes una de las mentes más brillantes en psicología y psiquiatría, incluso tienes tus títulos. ¿Por qué no usarlos para ganarte la vida?
― No tengo tiempo para toda la burocracia de instalar un consultorio –respondió, a la defensiva–. Si a la curia le molesta tanto, que ponga a más de su gente a atender estos casos, en lugar de hacerlos pasar por un calvario de exámenes y pruebas antes de decirles que lo único que necesitan es una camisa de fuerza, en lugar de un buen exorcismo.
― La curia nunca va a aceptar ese riesgo, ni médica ni religiosamente –le recordó el otro–. Ni siquiera los siquiatras se arriesgarían con ese tipo de método.
― Pero son capaces de arriesgarse a mentir–replicó–, a sonsacar poder en nombre de una ilusión, y llenarse los bolsillos en eternas consultas para pagar sus lujos –y agregó, con desdén–: Y les molesta que cobre unos cuantos honorarios.
En el breve silencio que siguió, el sacerdote dejó caer los brazos y la mirada. De pronto pareció terriblemente agobiado, y él sintió el irritante escozor de la culpa. Intentó esbozar una sonrisa para calmarlo, sin mucho éxito.
― Pido sólo un aporte –explicó–. Y no todo el tiempo.
― Ok –sonrió el sacerdote, tomándole la mano entre las de él a modo de despedida–. Te daría una bendición, pero seguro dirías que es una práctica supersticiosa para calmar alguna ansiedad existencial.
Esta vez la sonrisa le afloró espontáneamente, sin que pudiera evitarlo.
― Una bendición siempre es buena para calmar los nervios –aseguró, e inclinó la cabeza para recibirla.
Sintió las palmas del sacerdote posarse suavemente sobre su cráneo, y le oyó murmurar algunas palabras que se perdieron en el espacio de la pequeña habitación. Lo siguió de vuelta hasta la salida, y una vez más se dejó ir hacia la gélida textura de la noche, con sólo un poco de agua y una bendición para protegerse de las inclemencias, ante una vida llena de soledad y lúcida oscuridad.

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