Etiquetas

, , , , , , ,

Vincent Van Gogh. “Weizenfeld im Regen”.

Camila mira a través de los vidrios empañados un paisaje quieto, distante, como un viejo amigo que se aleja a medida que el invierno recrudece y su convalecencia se alarga. Los tres días que la separan del regreso a clases y a sus amigos se dilatan en un futuro incierto, abrumado por días de cama, friegas y amargos jarabes para la tos. Los temporales de viento y lluvia no sólo han dejado profundas huellas en la tierra, entre las quebradas y sobre los poblados, sino también sobre su frágil cuerpo.
En su mente infantil el mundo es un abismo de quietud del que ya no es posible escapar. Atrapada para siempre en él, parece sellado como un destino. ¿Estarían Antonia y Raquel observando tras la ventana también, anhelando el término de aquel tedioso encierro, el regreso a clases y los juegos en el patio de un colegio que ya estaría anegado, engullido sin misericordia por el agua y el barro? Sin misericordia. Como el dolor en sus pulmones cada vez que tose e intenta respirar.
Escucha la voz de su madre del otro lado de la cortina, trajinando de aquí para allá entre la cocina y el comedor, dando órdenes, o simplemente quejándose sobre algo. Ella también querría quejarse, a todo pulmón. Del invierno, de la humedad, de los cortes de luz y de la señal en la tele y los celulares. Imposible volver a cargarlos una vez que se apagan. Si al menos pudiera entretenerse leyendo algo ya sería algo, pero leer le aburre horriblemente, y aunque así no fuera, en esa casa no había un solo libro que le pudiera llamar la atención. Sólo los típicos ejemplares adquiridos para las lecturas del colegio, en ediciones de tercera mano, o muy baratas o pirateadas, y heredados unos a otros por generaciones, porque casi siempre pedían los mismos.
La única comunicación con el mundo era la pequeña radio a pilas de su padre. Pero él sólo sintonizaba noticias, que lo único que hacían era hablar entre chirridos sobre cientos de familias damnificadas y terribles catástrofes naturales a lo largo del país. Composición para la vuelta de vacaciones: “Cómo me aburrí escuchando malas noticias”. Cada vez que dicen el número de damnificados, su madre se lamenta por esa pobre gente y ruega que ojalá ellos no sean los próximos. Camila ni se imagina lo que debe sentirse estar damnificado en un albergue con un montón de gente, pero no deber ser peor que aquel encierro interminable. Al menos saldrían en las noticias y tendría algo sobre lo que escribir en su composición.
Lo único bueno de no tener nada que hacer y sentir ese permanente malestar corporal, es que le da por pensar sobre esto y aquello hasta que el cansancio empieza a vencerla, casi sin darse cuenta. Cuando menos se lo piensa, ya ha entrado en un sueño casi comatoso, interrumpido por breves espasmos, al abrigo de una temperatura febril que humedece sus párpados. En la oscura maravilla de aquel sueño, donde sólo hay días soleados, juegos infantiles, y piezas cálidas llenas de color y amobladas a la última moda, Camila apenas siente la mano preocupada de su madre palpar su frente, ni la delicada vibración del vidrio sobre su ventana, anunciando la suave brisa que barre las nubes, limpia el cielo y el paisaje más allá, para llevarse otro crudo invierno y devolver el calor arrebatado a tantas vidas.

Anuncios