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Victor Bregeda. “Practice of Consciousness”.

Pero una página en blanco es igual a otra, después de todo. Sólo queda llenarla con algunos garabatos y esperar a ver qué pasa. En eso piensa mientras enciende un cigarrillo para aplacar un poco el frío que la noche aloja en el pequeño patio del local, donde son relegados quienes quieren tomarse un café, pero sienten ese fatídico impulso de encender un cigarrillo, llenar de humo sus pulmones y soltarlo para saborear la poderosa fusión entre cafeína y nicotina, en un mundo donde la asepsia y depuración se han vuelto la norma. ¿Qué sería de una hoja en blanco sin un buen café y un cigarrillo que transgreda su inmaculada pureza?
Difícil saberlo en todo caso, especialmente porque él ni fuma ni toma café. Aun así la idea le atrae y absorbe sus pensamientos. Tal vez por simple subversión o por mero romanticismo literario: ese cliché del autor maldito de mediados del siglo veinte. Quién sabe. El hecho es que, cuando se trata de sentarse a tomar o comer algo, prefiere los lugares abiertos. Prefiere el humo de otros revoloteando a su alrededor, al aire libre, que aspirar el continuo y murmurante vaho de una acogedora multitud entre cuatro paredes.
Si no fuera por el inoportuno frío de la noche se sentiría muy cómodo. Aquellos espacios de relegación tabaquera se iban quedando cada vez más desolados. Los persistentes fumadores de restaurantes y cafés iban claudicando día con día, especialmente en los inviernos. Uno podía sentarse ahí, casi en solitario, a mesas de distancia de alguna pareja fumadora, sin que siquiera le llegara ni la más leve reminiscencia de olor a tabaco.
¿Entonces? ¿De qué se trataba? De la hoja en blanco, por supuesto. Llenar la hoja en blanco. Sin importar cómo, sin importar cuándo, o lo que tome, llenarla antes de que su inmaculada blancura ciegue hasta el más recóndito espacio y se quede ahí para siempre. Una ceguera del alma tan imposible de trizar, como profundas gargantas de hielo donde no llega ni la más remota luz ni el fuego.
― ¿Tiene fuego?
Sobresaltado, mira al hombre que se ha parado a su lado. Lleva un cigarrillo sin encender en la mano. Con un gesto automático, aprendido más como mero observador que propietario de él, se palpa los bolsillos de la chaqueta y los pantalones. Hasta que de pronto recuerda y se detiene. No. No tiene.
El hombre le agradece con otro gesto y vuelve a la mesa donde su pareja le espera. Le dice algo y ella se levanta. Salen hacia el interior. Él sabe. No van a volver. Lo único que queda de ellos es el leve aroma a nicotina que dejaron al pasar por su lado.
Ahora sí. La soledad es absoluta. Se sienta y apoya la espalda en la silla. Las manos le tiemblan un poco, y siente esa sensación de síndrome de abstinencia, o algo que se le figura parecido. Echa la cabeza hacia atrás, hacia la noche estrellada, y cierra los ojos. Las aletas de su nariz se dilatan, ávidas. Aún está ahí, una diáfana hebra de nicotina, diluyéndose irremediablemente, hundiéndose en el corazón del olvido definitivo.
Cuando abre los ojos las estrellas se han licuado, y suaves líneas de fuego bajan por su rostro, y siente, y piensa, y la hoja en blanco vuelve a llenarse una vez más, al menos por esta vez.

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