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Jacek Kaczyński. “Supersonic Feathers Devourer”.

“Aquí. Tengo el presentimiento que aquí,
nada voy a arrastrar desde aquí…”
La Ley.

Cuando los años venideros hayan transcurrido, con sus siglos y eones extendiéndose hacia el pasado como una estela luminosa de vidas y muertes, de renacimientos y declives, aún incontables generaciones seguirán contándose las maravillas del Planeta Rojo. Vastas llanuras y quebradas abriéndose sobre desiertos interminables, anchos e infinitos ríos fluyendo entre sus abismos de roca rojiza hasta mares oscuros y tempestuosos, frondosos valles rezumando una vida exuberante y ruidosa, populosas ciudades expandiéndose hacia sus cuatro horizontes en inagotable ascenso hacia un progreso indómito. Cada paisaje, cada figura, cada portento, cada hito será cantado en antiguas y nuevas canciones, venerado como la belleza inefable de todo lo soñado.
Allí estarán las señales, las inscripciones, los monumentos ancestrales, los nombres inmemoriales: Llanura del Descenso, Valle de los Fundadores, Montañas de la Añoranza, Arenas de la Conquista, Mar del Sosiego… Resonarán más allá del tiempo, en las bocas infantiles, de mujeres y hombres, jóvenes y ancianos. Aquí, dirán, volviendo la mirada desde el remoto futuro hasta el más profundo pasado, aquí se abrieron paso, aquí desafiaron al destino, aquí abrazaron la muerte, aquí celebraron la vida, aquí el fuego, aquí el agua, aquí las huellas, aquí la última hazaña, aquí la primera…
― Aquí –musitó, inclinándose sobre la arena que huía bajo sus pies.
Ni el feroz bramido de las partículas arremolinándose a su alrededor, ni los aberrantes estallidos de cargas eléctricas trizando los cielos, rasgando apenas la concentrada cerrazón de polvo y granos, ni los enloquecidos vientos que amenazaban con voltearlo en cada movimiento, lograron apartarlo de aquella sublime visión proyectándose hacia el porvenir. Aquí.
― ¡¿Pero qué mierda está haciendo?! –gritó el primer oficial dentro de la nave.
Desde las ventanillas sacudiéndose a punto de estallar, aún distinguían la sombra de la frágil figura envuelta en su traje, intentando inclinarse en el ojo de aquel huracán de arena, como un mosquito tratando de beber una gota de agua en un aluvión que arrasa con todo. Vieron con horror cómo se tambaleaba para tomar un puñado de arena y alzarlo hacia el cielo, en un gesto tan estúpido como heroico, mientras la nave crujía anunciando los últimos estertores de un organismo a punto de colapsar violentamente.
― ¡Si no salimos ahora estamos muertos, comandante! –chilló el piloto.
― ¡Capitán! –volvió a gritar el oficial desde el intercomunicador–. ¡Capitán, ¿me escucha?! ¡Vuelva a la nave! ¡Hay que salir de a…!
Aquí.

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