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Agostino Arrivabene. “Ades Pantocrator”.

Los mismos hados que nos tejieron
las dulces guirnaldas de la dicha
nos fraguaron los eslabones del infortunio
y exprimieron los amargos zumos del azar.
Vetustos dioses dando palos de ciego
a la piñata de un mundo que se inclina o se eleva
al ritmo del mazo y la risa.
Un día los sueños se encumbran, luminosos
de victorias arrebatadas al fatuo destino,
otro se troncha la vértebra de la vida en un abrir
y cerrar de ojos
sobre una pupila que se dilata horrorizada
de sí misma.
En vano es el llanto humedecido
por preguntas incontestables.
En vano la risa repicando
su insolente júbilo desafiante.
¿Dónde está la conquista tras la expoliación
y el vacío?
¿Dónde los lamentos bajo los dinteles
de un cielo abierto a las estrellas?
Un mismo día el sol se eleva
y la noche cae sobre el mundo.
Sin razón, sin motivos,
sin propósito ni fines que lo sustenten.
Sólo miríadas de tiempo inexplicable
depositándonos sobre estas arcas del pensamiento
y el punto exacto en el que latimos.
¿Qué más?
Renacer.
Arder.
Temblar.
Abrir las alas de lo ignoto y surcar
los mares de lo incierto
hasta el más recóndito hálito de vida.
De cara a los indolentes albures blandir las lanzas
de esta irrebatible libertad indómita.
Abandonados al capricho de la fortuna
quemar las naves en su marcha hacia ningún puerto.
Nada nos ata, nada nos convoca.
Todo está por escribirse sobre nuestra tumba
y cada palabra ha de ser tallada con el fuego
de nuestra inconquistable voluntad.

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