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Gustave Doré. “The Déluge”.

Las primeras lluvias que cayeron sobre Marte llegaron súbita y torrencialmente, inundando con su insólita catástrofe las laderas del hemisferio suroeste del planeta, y amenazando devastar miles de hectáreas de uno de los pocos bio-sistemas establecidos desde los primeros tiempos, y que aún resistía la inclemencia atmosférica del indómito mundo.
Tras infructuosos decenios de aclimatación echando mano tanto a tecnología como a fuerza humana, poco se había logrado alterar la fisonomía meteorológica de aquellas abrasadoras llanuras. En los últimos años sólo tímidas y breves lloviznas habían barnizado las resecas esperanzas de colonos y comunidades. El arduo trabajo iniciado desde el filo del alba hasta la más profunda la noche, tratando de ganarle terreno a la estéril superficie y mantener a raya las mortales tormentas de granizo negro de la siempre inestable burbuja microclimática generada por gigantescos terraformadores, parecía una condena prometeica interminable.
Desde la dura corteza trabajosamente reblandecida una y otra vez para fertilizar los extensos llanos de cultivo y flora reimplantada, incontables laberintos de tubería bajaban hasta las negras profundidades del planeta, se incrustaban en las recónditas vetas de hielo sólido de sus entrañas, transformándolo en el precioso líquido que irrigaba campos interminables e hidrataba a los miles de habitantes guarecidos en aquellos reductos de terraformación, o simplemente lo insuflaba hacia el espacio como vapor de hielo desde monumentales torres de aclimatación, intentando atemperar la milenaria sequedad que el sediento planeta se negaba a templar por voluntad propia.
― Esto tiene cara de lluvia, ahora sí –aseguró la Loca del Carro por enésima vez, auscultando el cielo encapotado a más no poder, un par de horas antes de que cayeran las primeras gotas vistas por el cualquier ser humano sobre ese suelo.
Y siguió arrastrando su insondable ancianidad por las oscuras calles, con la misma pesadumbre con que tiraba del pequeño carrito, donde su figura encorvada echaba los pequeños trastos que la gente le donaba, y que ella revendía dentro de la misma comunidad. Cada vez que el cielo se oscurecía más de lo normal y resonaban amenazantes truenos en la distancia, repetía el mismo estribillo, con la misma convicción con que aseguraba que sus abuelos habían formado parte de los primeros colonizadores llegados desde la Tierra, y que por eso ella conocía de primera fuente las señales que anunciaban una buena lluvia antes de que se dejara caer. Ambas afirmaciones totalmente inverosímiles, por supuesto, ya que el último descendiente de los primeros colonos llevaba muerto más de un siglo, y los habitantes actuales del planeta conocían sólo por lejanas referencias los signos atmosféricos que precedían a una lluvia, y sólo con mucha dificultad podían distinguir los cambios meteorológicos propios de las mismas tormentas de arena marcianas.
Por eso todos ignoraron la irrisoria advertencia de la anciana, especialmente cuando empezaron a caer las primeras gotas, que dejaron boquiabiertas incluso a las autoridades científicas más eminentes de las zonas pobladas, e hicieron salir en una loca algarabía a todos los habitantes de la burbuja microclimática a celebrar como niños enloquecidos ante el primer descubrimiento de lo inmenso. El ruido de los gritos y las gotas de lluvia golpeteando contra las gigantescas estructuras metálicas y los hábitats, desde los más miserables a los más encumbrados, ahogaron más y más la voz de la raquítica anciana que siguió paseándose entre los celebrantes, repitiendo su incansable pregón:
― Ahora sí ya viene. Ya viene. A prepararse que ya viene…
Y así fue. Llegó, imparable y demoledoramente generosa, como si con cada gota que azotaba contra todo lo que se movía sobre la superficie, quisiera retribuir los cientos de años de sudor y sangre derramados para invocarla sobre aquellas llanuras plagadas de aridez y sufrimientos. Más que generosa, inundó poblados y campos, licuó cerros y quebradas, se desaguó desde el cielo hasta las candentes colinas arenosas, transformándolas en una masa acuosa que bajó desde las alturas y arrasó con todo a su paso.
La única celebración que sobrevivió a la hecatombe de aquel primer diluvio marciano, fue la frenética danza de una diminuta y enclenque figura, que junto a su carrito gritaba desde uno de los promontorios rocosos más altos de la zona, donde había construido su ruinoso refugio en espera de los días en que los cielos desataran su furia de agua, inmisericordes.
― ¡Ya viene, ya viene, a prepararse que ya viene…!
Saltaba y gritaba, mientras a sus pies corrían ríos monumentales del precioso líquido arrastrando desolación, llantos, alaridos, casas, animales, vegetación, rocas y maquinaria. Saltaba y gritaba con la misma eufórica alegría que estalló a innumerables espacios de distancia, en la lejana Tierra, cuando un monitor anunció las primeras señales de precipitaciones en suelo marciano después de siglos de incansable colonización.
Aquel día sería un hito en los anales históricos terrestres y marcianos, en el que toda memoria de muerte y devastación sería eclipsada bajo la enceguecedora victoria del progreso. Sólo una placa dedicatoria a los héroes de aquellos días quedaría allí para recordarlos, adosada a los pies del monte más alto, donde las constantes y más amables lluvias venideras terminarían por corroerla y borrarla para siempre. El mismo monte donde nacería la leyenda de una milenaria profeta anunciadora del primer gran diluvio de Marte. Una leyenda que sería transmitida de boca en boca, de generación en generación, hasta el fin de los días del gran Planeta Rojo.

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