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Roberto Matta.

Las voces se han ido. En la mudez de estas noches y los días que las preceden, languidecen sus tenues reminiscencias, como microscópicas cortezas de piel adosadas a la fina rugosidad de las cosas o al borde de una caricia. Ninguna palabra se levanta contra este interminable páramo de silencio, contra esta devastación de lo impronunciable.
Recorrer el manido camino del sudor, las lágrimas y la autocomplacencia carece ya de todo sentido. Su abandono, tan rotundo que ni los ecos más profundos de su recuerdo emiten el más leve indicio de alguna forma, se acrecienta sobre estos páramos de desidia, donde el hedor de los minutos muertos esparce su nausea abismal.
¿Qué será de ellas? En noches así solían llegar en tropel, tumultuosas, dando alaridos o susurrando enigmas que sólo la oscuridad guarda y descifra. Abrían las jaulas de estas paredes y bullían en ráfagas coloridas, aladas, sonoras, girando en una espiral de viento interminable, saciándose de carcajadas y ardientes delirios. Afuera el mundo, siempre afuera, temblaba con la consistencia de una frágil hoja a punto de romperse sin remedio. Sus feroces demonios cedían, abatidos bajo el tumulto de sus desquiciantes notas.
Ahora sólo persiste un silencio eterno, y en torno a él, estas paredes convertidas en finas membranas temblorosas, listas para hacerse polvo ante un mundo que se alza con su engranaje de precisión y cordura. Desde la vasta afonía sin retorno lo oye acercase, allá, del otro lado, cercándolo, mientras una voz pregunta y otra responde. Sí, ya puede irse, por fin, firme aquí, no olvidar el control mensual, claro, adiós.
Antes de salir se vuelve a mirar los estrechos pasillos cercados por puertas que se abren y se cierran, reduplicándose sin fin. En la lejanía escucha ecos oscuros, murmullos febriles emanando de tristes figuras que se mueven, como fantasmas sin dirección, replicando los misteriosos mensajes de voces que jamás volverán. No para él, al menos. Extirpadas de cuajo, sus raíces expuestas terminarán por pudrirse y secarse hasta las cenizas.
¿Vamos? Sí, vamos. El mundo, al fin. Al traspasar el umbral, siente el fino polvo de la última membrana caer sobre un recóndito pliegue de su alma. Es todo. Es tiempo de otras voces, de otros sonidos, creciendo y multiplicándose sin cesar, alimentando los demonios insidiosos de una sensatez pálida como un cadáver, permeando una inconmensurable oquedad vacía de voces, preñada de un silencio tan espeso, tan definitivo como la muerte.