Etiquetas

, , , , , , , , ,

Alex Grey. “Wonder – Zena Gazing at the Moon”.

“Me voy debilitando lentamente.
Quizás ya no sea yo cuando me encuentren.”
Silvio Rodríguez.

He vivido incontables siglos y miles de vidas han pasado por los incorruptibles filamentos de mi alma. Esta es sólo una de tantas. Si me detengo brevemente en sus deslustrados instantes de vez en cuando, para observar y discriminar alguna que otra forma, es sólo como una especie de reajuste en un dispositivo que requiere ser retroalimentado en descargas cíclicas para continuar operando eficientemente.
Recorro los parajes extraños y cambiantes de este mundo como una sombra inquieta en busca de su origen. Ante mis inquisitivos ojos emergen y sucumben paisajes, ciudades y pueblos. Entro en ellos como un bisturí que disecciona las fibras más hondas de sus tejidos vitales. Sigiloso, indetectable, me muevo entre multitudes y naciones que van y vienen, avanzando y replegándome a través del mar del tiempo.
Cada amanecer, cada crepúsculo, noches y días con sus vidas, sus muertes y sus afanes, cada voz, cada pregunta y cada respuesta, han quedado almacenados tras las fronteras de mi pecho. Siento sus engranajes crujir en un incesante traqueteo de absorción y retención, atesorando cada detalle para una posteridad sin horizonte ni punto de llegada, arrojando sus incalculables miríadas de figuras y formas, sus signos indescifrables, hacia un espacio plagado de estrellas que han olvidado cómo devolver mi llamada.
¿A dónde irán sus señales en la silente oquedad de las constelaciones? ¿Arribarán a puerto, ante algún rostro que aún persista en rastrear las posibles briznas de un mensaje náufrago? Cierro los ojos bajo un cielo curvado de oscuridad y estrellas, estiro mi cuerpo, apunto mi rostro, abro mis sentidos hacia los racimos de luz de aquel firmamento, y envuelto en la crisálida del más portentoso silencio, espero algún pulso, alguna vibración, un fugaz aleteo que confirme el filo de una respuesta.
En el océano imperturbable de la noche, escucho. Sólo una voz me alcanza, dice mi nombre, aquí, en la cercanía más próxima. Me llama a volver al abrigo de su presencia, me envuelve desde atrás con sus brazos y apoya con suavidad su rostro en mi espalda. Me pregunta qué hago ahí, en mitad del frío de la noche. Contesto lo que en eones de vidas e historia he aprendido que debe ser dicho: nada. La voz se tranquiliza, se aquieta como el imperceptible ronronear de mi pecho, que se dilata para sentir sus caricias, ese indescriptible roce de un cuerpo sobre otro cuerpo, que comunica sus tenues vibraciones en un lenguaje que en innumerables vidas apenas alcanzo a comprender.
Me dejo llevar, cedo a sus súplicas y vuelvo al refugio. Y el ritual de los roces y los susurros y las bocas se repite una vez más, como ha sido desde los más ancestrales lustros, con leves variaciones según el lugar y el tiempo. He aprendido a adecuarme a su ritmo, a sumergirme en el fragor de su movimiento, a detener el zumbido de mi mente por recoger cada postura, cada momento y traducirlo a cifras y números. En el vacío de un espacio sordo, sin señal de retorno, breves virutas de mudez en la vastedad del tiempo se vuelven irrelevantes.
En la fugacidad de esos momentos vuelvo a sentir el calor de un vínculo roto desde generaciones, y me hundo en él, lento, paso a paso, olvidando en sus sensuales vericuetos la soledad de mi propio ser. Y vuelvo a sentir, una señal, aquí, ahora, en este suelo, en estas vidas que recorro a través de milenios de abandono, esperando otro indicio que quizás jamás llegue a mí. Y que quizás me encuentre un día, olvidado de mí mismo, sin recordar donde estuvo mi hogar, ni de dónde pude venir, alguna vez, lejos, entre las estrellas.