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Vladimir Kush. “Brote del océano”.

La hoja que se pliega al viento
es una flama frondosa que saluda en la distancia.
Su lengua de rumorosos atardeceres
recita los enigmas indescifrables de una vida
reposando en sus albores.
Cual insignia de la brisa agita sus estandartes
en la bruma de los días,
en el fulgor de las noches,
y se acuesta sobre la temblorosa piel del agua
cuando se aquietan sus misterios.
Déjenla habitar en el verdor
de sus sueños, en el frescor de sus fuegos.
Su palma abierta traza los linderos de un cosmos
más vasto que el aliento del universo,
las rutas de un tiempo profundo como un espejo.
En sus filamentos yacen escritas
las runas de un destino esplendoroso e impronunciable,
en sus anchos horizontes el incesante
vaivén de lo que se mueve y retoza
abre sendas y se aglomera.
Oscilan los segundos abanicándose en los pliegues
de su ropaje vegetal como un hechizo.
Sobre el torso hendido de sus alas
las perlas de la aurora desgranan el húmedo sopor
de su limpidez lozana.
Déjenla ondear su fértil enseña
al nacer la sombra, al morir el alba,
como quien celebra,
como quien convoca,
como quien aguarda.