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Jacek Yerka. “Muszka Alarmówka”.

Me he pasado otra tarde apilando cuerpos muertos, como de costumbre. Es una tarea desagradable, cierto, pero alguien tiene que hacerla. Y cuando digo alguien, me refiero específicamente a mí, porque nadie más anda por estos lares que yo sepa, y como tal me toca realizar el proceso completo, desde la carnicería previa, que inicia prácticamente en las primeras horas de mañana, hasta el barrido final, cuando la cadena más alta de cerros oculta el sol y la brisa de la tarde empieza a refrescar el horno en que se convierte esta casa con el calor del verano.
Las instalaciones son nuevas y espaciosas, como a mí me gustan, alejadas de cualquier ruido que distraiga o cualquier mirada indiscreta que atente contra la privacidad de mis faenas cotidianas, que no son pocas. Hacerse cargo del quehacer hogareño en tres habitaciones de ensueño, además de los dos baños y el amplio espacio que comparten living, comedor y cocina, al mal llamado estilo americano. Todo bien dispuesto para mi confort y comodidad, incluidos hermosos y geniales artefactos que facilitan y amenizan la vida moderna, ni más ni menos.
Aunque la matanza estrictamente hablando, que últimamente concentra todas mis energías, despliega su verdadero esplendor bien entrada la mañana, para convertirse en un enervante trajín con apenas breves minutos de respiro luego del almuerzo, y que sólo se detiene completamente muy avanzada la noche, cuando los afanes del día me pesan un poco en el cuerpo y me piden rendirme a ellos. Pero no es fácil conciliar el sueño, desconectarme automáticamente de mi mano blandiendo el arma letal y asestando el golpe fatídico, de los cuerpos cayendo uno tras otro, esparcidos sin ton ni son por el suelo como ángeles abatidos en pleno vuelo.
Tampoco es fácil asumir semejante tarea, impuesta por las condiciones y las circunstancias, cuyo precio a pagar es un permanente desgaste emocional y físico. No sólo por lo desagradable que resulta en sí misma, sino también por el constante estado de alerta en que mantiene y la destreza física que exige. Porque todo tiene su método y su técnica, incluso estas desagradables labores. Se debe agudizar el sentido de la percepción, especialmente la auditiva y la visual, para detectar la más sutil vibración en el aire e inmediatamente focalizar el punto de procedencia, mantener la vista anclada en él, siguiendo las erráticas curvas de las siluetas en movimiento, tomar el instrumento de ejecución sin perder de vista el objetivo, acercarse con gracia felina, evitando ser detectado ni provocar la huida en desbandada, alzar el brazo con la distancia y la tensión justas, contener el aliento y ¡zas!… dar el chicotazo mortal sin compasión y verlas caer abruptamente, saltar por el aire como restos sin vida tras la explosión fulminante, quedar aplastadas contra todas las superficies posibles, o simplemente huir malheridas hasta desplomarse aleteando en su agonía final. Y así todo el día, una tras otra, tras otra, tras…
Ningún método es infalible, por supuesto, y siempre alguna logra eludir el proceso de expurgación, que finaliza con una limpieza acuciosa, barriendo los diminutos cadáveres para apilarlos en un montoncito junto al polvo que se ha ido acumulando durante las tardes ventosas y sofocantes. El mismo viento que las arroja hacia el interior en los días de más calor, y que resulta inútil contra el sudor que supuran estas laderas agrestes, rodeadas de quebradas y suelo ardiente. Inútil contra la invasión de sus constantes aleteos y zumbidos. Tanto como las fumigaciones y los insecticidas, un infructuoso gasto de tecnología para la muerte.
¿Qué más hacer? Resignarse a este nuevo oficio, en estas soledades donde la ilusión de tranquilidad y descanso parece un traje pasado de moda, o una antigua idealización romántica de retiro y solaz, donde nadie mataba una mosca.

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