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Mars 1. “Ultraviolet Dream”.

No pasa un día en que no piense en Marte. En la orla bruñida de su órbita girando, impasible, bajo miles de toneladas metálicas de naves que descienden sobre su eje, mientras su superficie se extiende como una alfombra dorada y la curva de su horizonte se dilata, abriéndose, hacia un mundo lacerado por tormentas de fuego, fracturado por cicatrices telúricas y costras volcánicas. Y más abajo, un suelo ardiente que se pierde entre infinitas planicies, montañas y fosas más temibles que la primera noche del universo.
― ¿Cómo estamos hoy día? Tiene buena cara, oiga…
― Tiene la misma cara de siempre nomás.
― Qué pesado. No siempre tienen el mismo humor, oye.
― ¿Cómo sabes? Ni siquiera mueven una ceja. Los acostamos, los sentamos y se quedan ahí inmóviles, mirando nada.
― A veces están algo más tristes y otras más contentos. Se les nota un poco en los ojos. Mira, ahora los tiene como más brillantes, como si recordara algo lindo.
Pocos han comprendido esa estremecedora belleza hecha de fragores y cenizas, de desolación y terrores dantescos. Para la mayoría sólo es otra roca flotando en el espacio sobre la que es necesario encallar, las siguientes Escila y Caribdis que deben ser vencidas, un infierno al que muchos han sido enviados para domeñarlo o morir en el intento. En el fervor de la conquista, el tedio de los años atravesando el oscuro vacío en interminables viajes de ida y vuelta, la nostalgia del hogar dejado atrás y la incertidumbre del posible regreso, ¿quién tuvo tiempo de atravesar el velo de aquel gigante contrahecho por su portentosa figura y las leyendas de su ferocidad inmisericorde, para sucumbir a la fascinación de sus formas prodigiosas, al magnífico esplendor de su potencia abrasadora, al gélido diamante de sus noches?
― A ver, ayúdame a sacarle esto… Eso. Con cuidado.
― No sé. Por más que uno les habla, ni una reacción. Yo les chequeo el pecho varias veces porque parece que hasta se olvidaran de respirar…
― No te creas. Murmuran cosas, de repente.
― Estás loca. Ni siquiera despegan la boca y van a hablar.
― En serio. Una vez me pareció escucharla decir algo así como mar
― ¿Mar? Nah, puras imaginaciones tuyas, nomás. Te apuesto que lo más cerca del mar que ha estado esta gente, es desde una nave.
Marte. Cómo quisiera sumergirme en las tinieblas siderales, bucear en la fosforescente oquedad de sus abismos, y cercado por la apretada red de incontables e inalcanzables bujías, varar una vez más en tus costas rojizas, donde el aliento de antiguos océanos se detuvo bajo vetas resecas e incandescentes, eones atrás. Avanzar por tus llanuras espejeantes, entre pedruscos de fuego y lava, sentir la vibración de tus arterias fluir a través del metal y la trama fibrosa aislante hasta mi cuerpo, y traspasar la fina película de cristal protector para contemplarte en gloria y majestad, como la primera vez.
― Parece que estamos un poco tristes hoy día, ¿cierto?
― Y dale. Sólo está un poco más pálida. Debe ser que no la hemos sacado al sol estos días. Hoy día la sacamos sin falta.
― ¿Qué tal? ¿Está más contenta ahora?
― En todo caso, si aún pudieran sentir algo, sería tristeza. Sacrificar tiempo y familia explorando el espacio para terminar enfermos, solos y tirados aquí. Triste, por decir lo menos.
― Sí. Una pena. Igual debe ser lindo viajar al espacio, ver otros planetas, imagínate.
― Y que se te achicharre el cerebro de tanto amartizar y quedar casi como un vegetal, sí, muy lindo.
― ¿Estamos listas para salir? Muy bien, vamos. A ver si después se anima y quiere comer un poco más.
En la impenetrable ceguera de esta noche tenaz, aún puedo verte. Te elevas como un fuego fatuo entre incalculables estrellas y me llamas. El bramido tormentoso de tus arenas arañando la rugosa piel de tu seno es un canto lejano de sirena. Me envuelve, me arroja hacia el vacío sideral; la ruta de los astros se despliega y navego hacia ti, al fin. El descomunal ojo de tu orbe se acerca, cíclope del cosmos, y entro en el aro de fuego de tu elipse plateada para dejarme ir, desnuda, sin revestimientos ni ornamentos, hundiéndome en tus vastedades. Como un ascua ígnea me desintegro, me fundo a ti para siempre. Vuelvo a Marte.
― ¿Sacaste todas sus cosas?
― Sí. Llamamos para que vinieran a buscarlas, pero nadie ha venido.
― Ni siquiera vienen por ellos, ya sabes como es. Le haremos una bonita ceremonia e incineramos todo, como siempre. Ya, no estés triste.
― Es que no me acostumbro, no importa cuánto lleve aquí, no puedo acostumbrarme. Es tan triste.
― ¿Y qué podemos hacer? Mejor terminemos de arreglar para el nuevo inquilino.
― ¿Ya?
― Sip. A rey muerto… ¿Y eso?
― Una foto vieja, la tenía entre su ropa. ¿Lo reconoces?
― ¿Marte?
― Marte.

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