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Pawel Kuczynski. “Soap Bubbles”.

Amigos, detrás de los pixeles
hay tantos rostros buscando su paraíso,
preguntando por el nombre de cosas irrecuperables, perdidas,
y el tiempo de un destino.
Habría que agradecer la fiesta de un signo
dado para el jolgorio de las redes,
el coctel de risas y odio digitales servidos en bandejas de entrada,
las flores nacidas en la intemperie cibernética,
creación vástago de una hidra multípara
con sus miles de ojos reduplicando un mundo
de posibilidades infinitas.
Pero el frágil cristal de la realidad
se ensancha y se agrieta en sentido directamente proporcional,
y ya no hay vacío que la contenga.
¿Lo sienten?
De poco sirven las palabras.
Escribirlas. Publicarlas. Leerlas. Hacerlas un ovillo y tragárselas.
La tinta derramada ya no es indeleble,
ni se borra ni deja su impronta invisible
como mudo testigo de pergamino secreto.
Nada de lo que aquí se diga está escrito en piedra,
papel o tijera.
Bastaría un leve soplo, un mísero pulso magnético, errático
como un ebrio ciego que no sabe lo que enuncia o toca,
y todo volvería a cero.
Los nombres. Las formas. El último tweet.
Siempre lo supimos, amigos, siempre.
Por eso abrimos fuego a quemarropa,
rompimos las lanzas de todo lo humano y lo divino,
apuntamos a la cabeza del libre albedrío
y le hicimos vomitar hasta el último céntimo.
Porque después de todo quién pude juzgarnos
por querer decir la última palabra, nuestra palabra,
y distribuir nuestros más preciosos sueños
en la maraña virtual antes de ser olvidados para siempre.