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Zdzislaw Beksinski.

Te estuve esperando toda la tarde, muy entrada la noche hasta el otro día, y seguí esperándote los días siguientes, olisqueando el aire y espiando las esquinas por si te asomabas, y nada. Está bien. Ya no me importa. Me quedaré aquí, leyendo un libro, comiendo un helado o alguna de esas cosas divertidas que me gusta hacer mientras espero. Inventando historias en mi cabeza, también me gusta mucho eso, y hablar bajito, imaginando que has llegado y te reprocho tanta tardanza, tanto desapego y falta de criterio.
No se está tan mal aquí después de todo. Conforme pasa el tiempo uno se acostumbra y aprende a sobrellevar las horas, los días, incluso los meses y hasta los años. Primero me quedaba sentado, aburrido de ver pasar toda esta gente yendo y viniendo, de buscarte entre la multitud pasajera, mientras balanceaba rítmicamente mis piernas que colgaban del banco, hasta que me adormecía y empezaba a cabecear, bostezando impúdicamente. De vez en cuando alguien se acercaba a preguntarme si estaba perdido o si necesitaba algo, pero luego de un tiempo dejaron de notar mi presencia, o tal vez sólo se acostumbraron a ella y ya no les importó.
Ahora, eso sí te digo, si te llegas a aparecer después de tanto tiempo, no te aseguro ninguna palabra de bienvenida, ni siquiera un gesto de reconocimiento o de mínimo entusiasmo. Con tal de matar los minutos y esta agotadora sensación de espera, he dejado de concentrarme en tu posible figura perfilándose en la distancia, o apareciendo súbitamente detrás de un árbol o algún edificio cercano, y me he dedicado a organizar mi propio espacio, mi propia agenda, mis intereses. Hay tanto que hacer cuando uno ocupa el tiempo productivamente; inventarse un horario, planificar actividades, hablar con las personas que de vez en cuando se sientan a comentar algo, que cómo va la vida, que si irá a llover o a hacer calor, que si todo está tan caro y difícil. Tanto que hasta se me empieza a olvidar porqué me he quedado aquí y qué se supone que espero, o a quién.
Tengo una vaga noción de algo inconcluso, algo que yo quería o necesitaba, antes. En el atareado trajín de este rincón en el que me muevo, en el que me ocupo, escuchando el murmullo de la ciudad pasar frente a mis ojos, ciertos días logro asir ese algo, recordar claramente qué es lo que espero. Es a ti. Pero no has venido, y ya es tarde, hace frío, y hay que abrigarse. Me gustaría volver, entonces me tomaría una buena taza de chocolate caliente, mientras te reprocho tu indiferencia. Pero apenas puedo ver el camino a casa, y mis piernas ya no responden de tanto estar sentado aquí, se han atrofiado como el resto de mi cuerpo. Si me vieras te sorprenderías, ya no me reconocerías. ¿Quién eres?, me preguntarías, y yo no sabría qué decirte.
Si alguien se acerca a preguntarme si me siento bien, si necesito ayuda, intento mirar desde el borroso cristal de mis ojos aquel rostro, pero no logro distinguirlo; abro la boca para responder, pero apenas emite sonido. Lloro, porque he olvidado dónde estoy y cómo encontrar el camino de regreso. La voz borrosa me dice que esté tranquilo, que tome su mano con mi mano temblorosa, cuarteada por las cicatrices del tiempo, que todo estará bien y que pronto estaré en casa.

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