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Yaroslav Gerzhedovich. “Radio Galaxy”.

La lluvia no llega, se demora y remolonea detrás de endebles cúmulos grisáceos, como atisbando desde el vértice de una esquina el momento propicio para hacer su dramática entrada. Siempre le ha gustado el drama, eso es lo que pienso. O eso, o simplemente ha dejado de creer en esta tierra, madrastra de expolios y devastaciones. ¿Para qué derramarse sobre planicies loteadas al por mayor, estancarse entre cemento y metal, reposar sobre costras de asfalto hasta podrirse sin remedio?
“¡Tiene cara de lluvia, parece!”, grita una voz en la distancia, y otra voz le contesta algo ininteligible. Pasos que se alejan corriendo, apurados por llegar a algún lugar o intentando escapar de aquella anhelante premonición. La plomiza consistencia del cielo permanece inalterada, silenciosa, completamente indiferente a la comidilla de los augurios. Enmarcado en el rectángulo transparente de mi ventana, asemeja la breve porción del vientre de algún cetáceo gigantesco que planea sobre el mundo, moviéndose con la exasperante lentitud que sólo su tamaño le permite. Lo observo pasar, deslizándose sobre la escotilla cristalina de mi nave-habitación, y espero.
Nada. Entonces recuerdo. Una imagen, la sensación de una imagen, de una memoria. No mía, imposible. Hiroshima. Un sótano húmedo, oscuro, manos hurgando un cráneo rapado, tal vez, la locura del amor y el despertar de la propia conciencia, echada sobre un camastro, oyendo por primera vez los sonidos filtrándose desde la ventanilla que da a la calle: pies, conversaciones, la vida que sigue a pesar de todo. Lluvia radioactiva.
Radio Activa, dice otra voz. Otro pronóstico del tiempo, aquí o en cualquier parte del orbe. ¿Cuántos esperarán una lluvia con la misma ansiedad? Algo que se lleve las miserias del mundo, sólo un poco, que renueve algunas esperanzas, verdes esperanzas. Pero la lluvia se demora, se toma su tiempo, analiza, veamos qué pasa, esperemos un poco. Tal vez ahora. Tal vez nunca. ¿Vale la pena prodigar tanto milagro?
Y en otro lugar otro sótano, otras manos que hurgan, en medio de otra devastación. Radio Activa, las noticias del momento, y el horror que se filtra desde la lejanía, a través de aquella ventana sonora, tiznada de demencias y desolación. Un breve trozo del mundo planeando sobre ella, oscuro, espeso, lento, precipitándose irrefrenable, ahora sí, la lluvia cae, radioactiva, ardiente, desde las ventanas del alma hasta palmas vacías que buscan entre los escombros, que ya no rezan porque las breves gotas de su dolor no alcanzan para mitigar las llagas de un fuego que jamás se apagará.