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Murillo. “Niños comiendo uvas y melón”.

Créanme,
no fui mejor ni peor
que cualquiera;
ni tuve menos fe
en las señales de un futuro incierto,
ni mis certezas fueron
menos niñas y menos risueñas
ante el canto distante de la muerte.
Pero he aquí que llegaron
las palabras día tras día,
página tras página,
y las recogí
y las apilé
como frutos maduros
para los días aciagos.
Y esperé en esta pausa
del mundo,
fermentando, como niebla
espesándose antes de la hora
del naufragio.
Ellas tejían esta guirnalda,
esta corona frugal,
este alimento de dioses famélicos,
de hadas ciegas.
No entraré en detalles,
pero diría que la mota de polvo,
el parpadeo de una ameba,
los colores de un pulso subatómico,
la microscópica fibra de la nada
estremecieron las hojas de un canto
estridente que me partió
los hemisferios
y cercenó mi frente.
Y diría más
si no fuera porque
son tristes mentiras,
hipérboles mal ventiladas
para expeler
los malos olores
de palabras que se atascan
y se pudren
y que acaricio
como un mendigo avaro
antes del siguiente festín
de sobras.

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