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Mariusz Lewandowski. “Multiversum”.

“Ahora echa piedras en el cielo:
ya no las tiene que tirar.
Y es porque nunca tuvo calma
para esperar.”
Silvio Rodríguez.

Flotaba ingrávidamente del otro lado de la membrana aislante, en medio de un amplio habitáculo recubierto de celdas microscópicas de energía, que titilaban y lanzaban finísimas telas lumínicas hacia sectores de su cuerpo, donde piel ennegrecida se recomponía y volvía a descascarase en rápidos boquerones de negrura sin formas precisas, una y otra vez. El tratamiento no parecía progresar, y el desgarbado cuerpo adolescente persistía intacto en su insistente decadencia orgánica, mientras él lo observaba casi sin parpadear de este lado, cada mañana y cada tarde, por dos horas, desde hacía casi tres semanas.
― ¿Alguna mejoría? –preguntó.
Fue una pregunta retórica, en realidad, porque conocía la respuesta. El médico dejó de mirar las figuras de la pared, que aparecían y desaparecían a la derecha de la membrana de observación. Se aclaró la garganta y con voz bastante profesional, sentenció:
― Continúa estable. La antropiástasis ha sido controlada, pero mantiene sus niveles.
En palabras simples: la contaminación por antimateria no seguía avanzando, pero tampoco disminuía. Eso era mejor que nada. Por lo menos había una posibilidad de que evolucionara todavía. Su compañera de correrías galácticas no había quedado mejor; de hecho, empeoraba lentamente dos cubículos más allá.
― Adolescentes –masculló–. En mi tiempo destruir una galaxia entera no estaba en nuestros registros de diversión, precisamente. Con darle a dos meteoros locos nos sentíamos dueños del universo.
Hizo una profunda pausa. El médico lo miró, vacilante. Parecía dudar si entrar o no en diálogo, o si se trataba simplemente del repentino monólogo de un padre intentado entender las fatales motivaciones suicidas de un hijo adolescente y su generación.
― Una galaxia, tres sistemas planetarios, y tres singularidades –siguió, tras un breve suspiro–. Con suerte no los procesaron.
― Al parecer eran sistemas baldíos –agregó el médico, por fin–. Es difícil que los condenen por eso.
La respuesta lo sacó de su sopor reflexivo. Miró al médico como si recién lo viera, tratando de procesar lo que había dicho. Asintió, distraído, y consultó el graduado cronológico del ambiente.
― Me tengo que ir –dijo, dirigiéndose a la puerta–. Infórmeme cualquier cambio, doctor. Tiene mi conexión.
― Descuide. Lo mantendré al tanto.
― Hasta luego.
Salió sin esperar la respuesta. Se había demorado más de la cuenta en la visita, y ahora estaba retrasado tres siderminutos. Necesitaría cinco saltos rápidos por la Hipervía menos congestionada –y más cara– para llegar a tiempo, siempre y cuando estuviera despejada, por supuesto.
Cuando llegó al Hiperpuerto las entradas estaban atochadas de viajeros esperando sus transportes. Se acercó a uno de los encargados para averiguar qué pasaba.
― Alinearon siete planetoides en la Hipervía principal y bloquearon el tráfico de saltos. Hay una congestión de casi veinte años luz, desde aquí hasta la Vía Magna.
― ¿Es una barricada?
― No. Un bloqueo. Los dejaron allí y salieron disparados. Ya mandaron dos GCC para despejar la Vía.
― ¿Dos GCC?
― Sí, son planetoides bien grandes…
Debían serlo para enviar dos Grúas de Choque Cuántico. Probablemente estaban dentro de las categorías de planetas y no de planetoides, pero las informaciones oficiales siempre tendían a bajarle el perfil a situaciones como esa, especialmente en los últimos seis periodos elípticos, en que las manifestaciones de grupos adolescentes habían empezado a hacerse cada vez más potentes contra el sistema conectado intergaláctico. Las autoridades no sabían cómo lidiar frente a la novedad de los acontecimientos. A veces pensaba que un poco de mano dura no estaría mal, viendo como estaban las cosas, pero casi inmediatamente se avergonzaba de esa forma de pensamiento tan primario.
― ¿Cuánto se irán a demorar en reiniciar el servicio? –preguntó, impaciente.
― Ni idea –dijo el encargado–. Mejor tómese la ruta pública; va a llegar antes.
Dicho y hecho. Bajó rápidamente al segundo nivel y esperó la línea de locomoción fotónica. Como siempre estaba atestada de gente bullente y ansiosa, igual que él, y apestaba a residuos de energía muerta. Podía oír el murmullo de preocupaciones de todo el mundo, algo inevitable ante tanta proximidad; era un espacio demasiado estrecho para tal cantidad de personas. Últimamente las condiciones de vida habían desmejorado ostensiblemente, y las sensaciones de angustia y rabia se habían hecho más cotidianas, creciendo exponencialmente, lo mismo que las protestas de jóvenes. El descontento estaba por todos lados. Y aumentaba.
¿Qué es eso?
El breve chillido femenino rebotó por todo el lugar. La mujer apuntaba, sorprendida y nerviosa, hacia la tremenda inmensidad del espacio, donde estelas cósmicas y lejanas estrellas pasaban a una velocidad imperceptible, mientras la línea fotónica se movía entre ellas, transportándolos a impulsos macrocósmicos. Sobre la curva del anillo de Orión ardía una apoteósica enana blanca, justo en curso de colisión con el transporte en el que iban. Dos gigantescas formas menores (dos pulsares o dos pequeños soles tal vez) le hacían guardia, latiendo casi al mismo ritmo de la inabarcable estrella a punto de colapsar.
― ¡Una barricada! –gritó una voz de hombre, antes de que todas las voces empezaran a chillar al unísono.
El transporte comenzó a disminuir la velocidad, mientras una voz neutra e impersonal llamaba a la calma desde algún lugar de las paredes. Nadie la escuchaba. En el instante en que el transporte hacía un brutal giro para esquivar las candentes esquirlas de energía de la inestable estrella, a la pausada velocidad luz que había adquirido la línea fotónica lograron vislumbrar los plateados hilos que subían y se abrían sobre el fondo desmesurado y brillante de la enana blanca, se curvaban contra el espacio incandescente y pasaban como flechas luminosas sobre el transporte, mientras observaban, y oían, con la boca abierta, los gritos y las consignas de los ocupantes de aquellas irreverentes crisálidas de luz. Del otro lado del transporte, la gente apuntaba la curiosa conjunción de un millar de estrellas danzantes que empezaban a formar una frase clara y reconocible: LIBERTAD A LOS PROTOTIPOS. El mensaje se abría sobre la infinitud del espacio cósmico, como si una mano divina hubiera movido parsecs y parsecs de revoluciones siderales para estampar aquel mensaje. Era impresionante. ¿Cuántas galaxias, soles y planetas habrían tenido que sacar de su órbita natural para realizar aquel prodigio? El caos, la destrucción, la alteración irremediable del orden natural de la vida cósmica y sus posibilidades, mutiladas para siempre.  ¿Eran el precio para poder construir una nueva conciencia cósmica? ¿Valían ese precio?
Ni siquiera alcanzó a terminar de formularse aquellas preguntas. La implosión de la enana blanca la hizo encogerse sobre sí misma, consumiéndose hasta convertirse en una macabra grieta negra en mitad de aquel paraje universal, que empezó a succionar todo lo que se encontró en su órbita a millones y millones de años luz de distancia. El transporte acusó un rugido de desastre inminente, las celdas de protección se partieron sin contemplaciones, y la antimateria empezó a tragárselos lenta, pero inexorablemente. El último pensamiento que tuvo, si es que alcanzó a tener alguno, se perdió en la noche voraz del agujero que los absorbió hacia la nada.

*******

Pero no fue el final. Cuando volvió en sí el mundo olía a alquitrán, azufre y carne chamuscada. Y dolía terriblemente. Especialmente al tratar de moverse. Por eso se quedó quieto, esperando que el mareo y la nausea pasaran, sin atreverse a mirar más que al pedazo de cielo que asomaba por los restos de vidrios pulverizados, encima de su cara. Veía los fierros del asiento delantero retorcidos, inclinándose sobre él, con todo el relleno semiquemado, aún humeante, despanzurrándose hacia fuera. Lentamente, y con mucho esfuerzo, bajó la vista para mirar el espectáculo. El transporte se había reducido a un pedazo de chatarra irreconocible. Lo único que quedaba era un par de corridas de asientos delante y detrás. El resto era metal prensado, vidrio molido y un techo inexistente. Ni siquiera cuerpos. Sólo él metido entre dos espacios, milagrosamente con vida.
Cuando logró salir, recién recordó la enorme grieta en que habían caído. Primero el ambiente de fiesta, los cantos y gritos de “¡Feliz 2026!”, los abrazos entre pasajeros extraños y conocidos, luego un ruido ensordecedor, seguido de un temblor interminable y creciente. Finalmente, la tierra partiéndose en dos y ellos cayendo. Luego nada.
Subió por el terraplén, arrastrándose entre restos de cuerpos ennegrecidos y aún calientes. Retazos de recuerdos se abrían en su mente: un llameante fulgor en la lejanía, un fuego abrazador, después negrura absoluta. Algo los había golpeado desde el vasto fondo del espacio estrellado.
Arriba la cosa no era mejor ni peor. Montículos gigantescos e irregulares de tierra se alzaban por todos los flancos hacia donde mirara, dejando escapar apestosas fumarolas desde lo profundo de las grietas que los separaban. El aire era irrespirable y la visión casi imposible. Aún así, logró ver el objeto que yacía a unos metros de él, sobre el amplio espacio de terreno al que había accedido. Al principio pensó que era un engaño, debido al intenso dolor en su cabeza, al mareo, a la toxicidad de ese aire ya casi insoportable. Pero no. A medida que se fue acercando, comprobó que el intenso y límpido brillo metálico era real. Ahí estaba. Una perfecta muralla semiovalada que se alzaba frente a él, perfectamente reluciente, sin una mácula, de una especie de metal maleable a la vista, como mercurio derretido en movimiento, pero al mismo tiempo compacto.
Cuando extendió las manos para intentar tocarlo, casi sin darse cuenta de lo que hacía, descubrió la densa negrura en el dorso de su piel, carcomiéndola como papel consumido por una flama. A través de ella vio eones de vida y mundos, un pensamiento (¿los suyos?), unos gritos, y el recuerdo de otra piel detrás de otro cristal, detrás de otro transporte, detrás de otra vida.
Entonces gritó.