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Dariusz Klimczak.

Aquí el polvo habla.
Desciende sobre el mundo
como el sedimento de lo inútil,
como una casa que se desmorona al solo tacto
y disemina la memoria de sus cimientos.
Los molinos del tedio giran las aspas
de los días y las noches,
crujiendo y triturando las motas de un silencio
profanado de abjuraciones.
Todo cae por su peso,
depositado para cubrir la injuria proscrita
de estos cuerpos expuestos
al abandono de su propia senectud.
Tras los signos de su paso enmudecen todas las puertas,
se aquietan los estertores de la vida,
eclosiona la sonoridad de una decadencia
sigilosa y paciente,
depuesta en su propio abandono.
Ácaros del tiempo,
partículas del hastío,
enzimas de sueños descargados a un bit por segundo,
el polvo susurra,
el polvo calla,
y en la oscura harina de su aliento
amasa un lenguaje
añejo como un vino amargo
para brindar al final de un viaje detenido para siempre.