Etiquetas

, , , , ,

John Dorish. “Black Cat”.

El alarido del mundo retumba
en la noche aciaga
y yo me descalzo para reposar
bajo el abrazo de todo lo que espera.
Presagios silenciosos se deslizan
sobre las veredas y el asfalto
de urbes detenidas en el limbo
de un sueño que ha contenido el aliento.
Los umbrales son horizontes lejanos
dispuestos a engullir la distancia
como si no hubiera mañana.
Y se desperezan, y se aquietan,
promulgando el edicto irreversible del tiempo.
¿Quién apaciguará a las bestias que merodean
las ciudades desoladas?
¿Quién le argüirá a la Esfinge su soliloquio
de sofismas indescifrables?
Más allá de estas sombras los mares retienen
los mensajes que nadie escucha, que todos hablan,
y se mece en la espuma la dulzura
de los días que nadie se dignó a guardar del invierno.
Y sin embargo, el pulso inconstante del mundo
aún contiene las promesas y los juramentos
que nos dimos antes de perdernos
en la pomposa penumbra del pequeño dios
desdeñoso de los diminutos mortales
con sus afanes de amor y de justicia.
Aún están allí,
los regazos donde anidan las bocas hambrientas,
los lechos donde se diluye la afonía de los abandonados,
los besos que desechamos en la virtualidad
delirante.
Aún están allí,
como guijarros olvidados entre la maleza
de tantos años idos,
aún están allí,
para ser recogidos y entregados
como talismanes que rememoran
el regreso a casa tras la rutina devoradora
de tanta palabra guardada para otra vida,
para otra muerte.