LA FUGA IRREPARABLE DE LOS DÍAS

“Inmortalia ne speres, monet annus
et almum quae rapit hora diem.”
HORACIO.

Hubo un momento en que realmente pensó que llegaría a tiempo, pero justo en la esquina se paró en seco y se dio un sonoro golpe en la frente, mientras pensaba irritado: “El informe…” Estaba a mitad de camino entre la casa y el paradero, con dos minutos de atraso, una carpeta hinchada de papeles bajo el brazo, un maletín en el otro y serias ganas de arremangarse el culo a patadas para ver si así aprendía a… “Cómo soy tan hueón”, gimió inaudiblemente, y probablemente con gusto se hubiera arremangado el culo a patadas si no fuera porque tuvo que girar a toda prisa y acelerar calle arriba en busca del dichoso informe. A esa hora ya era bastante dificultoso moverse incluso a pie, incluso en esa calle (por la prisa, por la gente, por la mierda…) y no le ayudaba en nada el retorcijón de tripas que le empezaba a ganar el estómago minuto a minuto. Llegó casi sudando a la casa, dejó el maletín en el suelo y buscó frenéticamente las llaves en los bolsillos hasta que, con un gruñido histérico, optó por empezar a golpear atropelladamente (a ver si en una de esas la idiota de su mujer se apuraba y terminaba de abrirle algún día). Ella lo recibió desde las greñas que caían sobre un par de ojos que lo miraron estúpidamente mientras pasaba como un bólido hasta la mesita del living, apenas dispuesto a contestar a su: “¿Qué te pasó?” Si no hubiera estado tan apurado le habría sugerido que por favor no hiciera preguntas hueonas, pero lo único que quería era tomar el condenado informe y mandarse cambiar (ya veía la cara agridulce del jefe dispuesta a abrir la boca y escupir un chorro venenoso de insultos cuando lo viera llegar quince minutos tarde, sudando copiosas disculpas absolutamente ineficaces). Difícilmente alcanzó a oír lo último que ella le gritó desde la puerta (¿liebre?) en el momento en que volvía a alejarse calle abajo, rogando desesperadamente que por lo menos alcanzara la micro de las ocho y cuarto, Diosito lindo.

Pisar el paradero y ver llegar la micro fue casi simultáneo. Prácticamente tuvo que arrojarse sobre la estrecha abertura que dejó la portezuela delantera al descorrerse con un bufido seco e imperturbable. Tres señoras y un tipo medio pelón vestido de terno se le adelantaron en ganar la entrada que por un momento pareció crujir bajo el peso de los cuerpos intentado entrar a toda costa. Mantuvo firmemente asido el maletín y apretó la carpeta contra su pecho, mientras se impulsaba hacia adelante con todas sus fuerzas obligando a los que intentaban meterse por los costados a cederle el paso. Por un instante pensó que la presión (desde ambos lados y desde atrás) lo ahogaría, oyó un agudo chillido de dolor proferido por alguien a su espalda y el estentóreo bramido del conductor que ordenaba hacia el fondo de la micro: “¡Más atrás, por favor, córranse más atrás…!” Si no hubiera estado tan desesperado por no quedarse afuera (la micro había comenzado a moverse y el tiempo corría) le habría soltado un par de insultos al animal que en la confusión le había hundido un codo en las costillas, pero prefirió concentrar todas sus energías en un último esfuerzo por alcanzar la escalerilla. Fue como si lo hubieran vomitado hacia el interior de la micro; de pronto la resistencia cedió y se vio impulsado contra un montón de cuerpos a los que quedó apiñado, aplastado por tres más que subieron tras él y sobre los cuales, inmediatamente, se cerró la puerta.

Afortunadamente la incomodidad y la apestante condensación de los olores le resultaban casi familiares, por lo que a su olfato no le costó ningún trabajo adecuarse a la atmósfera y sus piernas lo sostuvieron con bastante eficacia contra el escandaloso traqueteo de la máquina. Sólo lo exasperaba la irritante lentitud con que las calles empezaban a pasar ante él, además de las paradas en que la gente se retorcía y lo apretujaba contra la hoja replegada de la portezuela, abriéndose ansiosamente camino hasta la salida para lograr bajar a tiempo. Prefería no mirar su reloj; en casos como ese su mente, apenas conciente de ello, manejaba la absurda creencia de que si evitaba ver la hora, el tiempo, de alguna forma indeterminada, podía correr más lento. En el trayecto sus pensamientos divagaron con febril obstinación sobre la soberana estupidez de no haber tomado un colectivo mejor, sobre lo hueón y arteriosclerótico que se estaba poniendo (¿cómo pudo olvidársele el informe de esa manera?) y sobre la angustiosa sensación de ahogo que amenazaba con obstruirle la garganta cada vez que la agobiante substancialidad del tiempo cuajaba de golpe sobre alguna que otra idea. Eso no impidió que se permitiera una fugaz distensión mental para pensar en la ridícula posibilidad de un día de asueto dispensado generosamente por el jefe luego de leer el informe y apreciar su calidad, a pesar de que jamás había logrado conseguir un miserable permiso de él y de que a duras penas había obtenido el consentimiento para un día libre, cosa que había exigido con inhabitual firmeza junto a sus compañeros de trabajo hasta tener cada uno el suyo (él había optado por el día miércoles). Aquellos días eran los únicos que lo salvaban de la acosadora modorra gris que lo abrumaba durante las interminables horas de trabajo y en la que se movía a manotazos y tropezones, como en la oscuridad de un sonámbulo. Súbitamente cayó en la cuenta lo condenadamente difícil que le resultaba traer a la memoria detalles de qué había hecho ayer: había sido miércoles y como todo día libre su mujer, los niños y él tendrían que haber salido a algún lugar bonito y tranquilo donde poder pasarla bien; siempre lo hacían. En la precaria brecha de tiempo en que su mente logró escapar a la sofocante ansiedad de los minutos abultándose despiadados contra su voluntad, trató inútilmente de recordar algún suceso, algún gesto, alguna sensación que lo conectara con el día anterior: se le vinieron imágenes de cansancio, un trozo de carne medio chamuscado, una linterna sin pilas (pero no, eso había sido el miércoles pasado o cualquier otro miércoles menos el de ayer) y, de pronto, hubo un extraño destello de vacío queriendo filtrarse por alguna fisura, buscando hacerse patente sobre las difusas impresiones del rostro de su mujer al abrirle la puerta para recoger el informe que había olvidado (esa estúpida mirada sobre una estúpida expresión sobre un rostro ¿estúpido?), de su voz gritándole algo desde la puerta, algo que repentinamente amenazaba con adquirir una determinada substancia en sus pensamientos, pero que nunca logró concretarse completamente porque justo en aquel momento la micro se acercaba peligrosamente a la esquina donde debía bajarse y necesitó de todos sus sentidos para poder alzarse sobre el peldaño en que se encontraba (por fortuna el espacio estaba un poco más despejado y pudo moverse casi con libertad), hallar el equilibrio adecuado mientras se pasaba la carpeta al brazo del maletín y levantar el brazo libre para apretar a tiempo el timbre porque odiaba gritar el paradero.

La micro aún no se detenía por completo cuando la portezuela terminó de abrirse y él saltó a la vereda con un movimiento que asemejó a la desesperada ferocidad de un felino acorralado que logra abrirse paso a la libertad. Trastabilló apenas al tocar la vereda y avanzó rápidamente entre la gente hacia la entrada del edificio, casi sin notar el desquiciado ritmo con que la sangre bombeaba desde sus sienes, el sudor que comenzaba a bajar en una gruesa cortina por sus mejillas y los violentos empellones con que despejaba su camino hasta la puerta de vidrio. Con una rápida mirada al reloj mural del recibidor (no tenía tiempo de mirar su reloj de pulsera) pudo comprobar que estaba justo sobre la hora, lo único que debía hacer era llegar al ascensor que ya comenzaba a llenarse y lograr entrar a tiempo, pero unos pasos antes intuyó que se iba a cerrar de todas maneras y, maquinalmente, giro hacia las escaleras, tratando de mantener el mismo ritmo de avance mientras las subía al trote y pensaba, desesperado: “Diosito lindo, que se demoren un poco más, que no hayan comenzado todavía.” Cinco escalones antes de llegar a su piso tuvo la sensación de que las fuerzas le abandonarían y pensó en detenerse un momento (sólo un instante, lo suficiente para poder respirar un mínimo de aire, Dios mío), pero había perdido ya demasiado tiempo en llegar allí y no podía darse el lujo de perder un minuto más, una oportunidad más, un empleo más. Así que, en un esfuerzo desesperado, cubrió el espacio que lo separaba de la puerta que daba al dichoso piso y la abrió de un empujón.

Pero sólo vio, entre oscuros nubarrones que se avecinaban sobre sus ojos, una silla vacía y una mesa ordenada que, por un instante, parecieron reírse de verlo allí, tan sudado y jadeante, tan estúpidamente agotado para encontrarse con nadie que le avisara a su jefe que, por fin, él estaba allí. Entonces fue cuando sus ojos y su boca se abrieron desmesuradamente para gritar dónde chucha estaba esa mierda de secretaria que piensa que tengo todo el día para estarla esperando con el informe para que yo no del si… Pero lo único que articuló fue un leve gemido doloroso mientras caía de rodillas, con el corazón azotando violentamente contra su pecho, pensando frenéticamente que la reunión debía haber empezado sin él, que el informe se le estaba cayendo de las manos, que el maletín golpeaba contra el suelo y su cuerpo sudoroso se derrumbaba sobre la alfombra en tanto una silueta borrosa vestida de azul le preguntaba que qué hacía allí, señor Molina, que acaso ese no era su día libre, que el jefe lo esperaba mañana jueves para la reunión y que su mujer había tenido razón al gritarle desde la puerta, cuando bajaba a toda prisa la calle hacia el paradero, que si no estaba hoy libre (no liebre, l-i-b-r-e), que había tenido razón al mirarlo con esos ojos incrédulos al volver por el informe, y que, de pronto, todo el vacío que no podía llenar de lo hecho en su día libre se llenaba abruptamente, porque ayer había sido martes y no miércoles, porque lo de la linterna sin pilas había sido el miércoles pasado y este miércoles sólo había sido el error de la salida apurada, la micro plagada, el sudor almizclado y su cuerpo muriendo lentamente, mientras desde su mirada nublada de rojo, antes de apagarse para siempre su conciencia, pensaba aliviado que, gracias a Dios, no había llegado atrasado.

(1996)

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1 pensamiento sobre “LA FUGA IRREPARABLE DE LOS DÍAS”

  1. bueno lo que cuentan es orriible me parece que tendrian que cambiar de parecer

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