LA SALITRERA

Como arena, el silencio sepultará mis ojos.
Como arena que el viento ya no podrá esparcir.
Como arena, el silencio sepultará las casas.
Como arena, las casas se desmoronarán.
Oigo ya sus lamentos. Solitarios. Sombríos.
Ahogados por el viento y la vegetación.

Julio Llamazares, La lluvia amarilla.

Aquel verano fue intenso. Había comenzado con días apacibles, agradablemente soleados; pero poco a poco se fueron transformando en mañanas y tardes de irritante sofocación, suelo ardiente y un halo entrecortado de brisa quemante. Para aquel miércoles la condensación del ambiente había llegado a su punto culminante: el río comenzó a filtrarse entre las fisuras de su lecho agrietado y reseco, hasta absorber los últimos residuos. Entonces la gente comenzó a mirar hacia el centro de aquel cielo, defendiéndose con una mano de los hostiles rayos del sol, molestos por la presencia irritante de esa bola de fuego que no parecía querer moverse de aquel lugar, preguntándose cuándo la verían desaparecer, cuando se ocultaría, cuándo sería cubierta por el milagro de una nube pasajera, dos nubes, un nubarrón, o la maravilla imposible en aquellos parajes: una llovizna. Pero para entonces hasta el viento había dejado de batir su esencia ardiente, y el cielo continuaba aún más azul y límpido. Nadie había sospechado que aquel verano sería tan intenso; ni siquiera el viejo Gumercindo, que de vez en cuando se sentaba en su banca chata junto al marco de la puerta de su casucha y observaba desfilar figuras cansinas que arrastraban los pies, levantaban polvo blanco que, apenas revoloteaba a unos centímetros del suelo, caía silenciosamente, con una pesadez exasperante. Ni siquiera él, que apenas olía el aire, vaticinaba: va a llover, va a temblar, va a calentar; y así era.

Al mediodía de aquel miércoles, don Gumercindo aún tenía la vaga esperanza de que hubiera un cambio brusco en el clima; pero pasadas las cuatro las había perdido todas. El sol continuaba ahí, implacable, sin moverse, en el centro. Aún a las cinco de la tarde. Todavía a las seis. También a las siete y a las ocho. Y toda la noche y el día siguiente: ahí, sin moverse. Entonces la gente ya no salía a la calle, se quedaban en sus casas, llorando sin lágrimas, gimiendo: va a temblar, se va a acabar el mundo, Dios se olvidó de nosotros. Y se tendían en las camas jadeando, tratando de absorber a bocanadas el poco aire que aún quedaba en el pueblo. Los hombres ya no iban a las faenas, las Plantas de Salitre ya no producían. Las mujeres ya no lavaban, ya no tendían porque las telas de la ropa terminaban resquemadas de calor y se rasgaban al solo tacto. Los niños ya no jugaban ni corrían por las calles. Ya nadie sonreía con somnolencia, gruñendo entre dientes: “están cayendo los jotes asados”, desde que el primer gallinazo, como presagio de malamuerte, se había estrellado contra el techo blanquecino de la Iglesia: una bola de plumas y cuero chamuscados, boqueando por la insolación y el delirio de la muerte, ante la mirada espantada de todos, que vieron caer al siguiente horas después con el mismo desconcierto, y al tercero aún con asombro, y con cansancio al cuarto, hasta que los colmó la indiferencia y desistieron de retirarlos de las calles y de arrojarlos a la pampa cuando comenzaron a caer en una lluvia intermitente y molesta. Y las calles fueron un reguero de jotes, palomas domésticas, tórtolas, perdices que aleteaban en un último boqueo y se paralizaban sobre el suelo bajo un sol incandescente, eternamente pegado al centro del cielo, que iba convirtiendo en cenizas sus plumas y sus frágiles huesos.

Entonces fue cuando los hombres enloquecieron, cuando los niños se quedaron dormidos sobre sus camas y, repentinamente, dejaron de respirar. Porque ya no había aire. El silencio lo inundó todo. Los ojos de todos se abrieron como platos, fijos en la nada. Nadie se asomaba a la calle a mirar si la bola de fuego seguía allí. Sólo un perro cruzaba de vez en cuando la calle con su esqueleto forrado en una piel seca y sin pelos que se adhería a sus huesos, se acercaba a algún ave muerta para olerla apenas, y luego caía de bruces con un gemido inaudible, mitigado por la sequedad del día interminable, y moría en silencio.

Aquel domingo aún se podía esperar que en el pecho estático y rígido de los hombres, en su mirada perdida y vidriosa, quedara un hálito de vida titilando, latiendo en algún lugar muy dentro de sus cuerpos. Sin embargo, para ese lunes no había un sólo murmullo, ni un sólo mecanismo vivo removiéndose o luchando en ningún cuerpo, con excepción del de don Gumercindo. Sólo él continuó con la mirada fija en ese astro encendido e inexorable que lo devoraba y pulverizaba todo con sus rayos. Sólo él, sentado en su banca, los ojos saliéndose de sus órbitas, la boca entreabierta, los labios agrietados y pálidos, esperó inmóvil con las pupilas en blanco, laceradas por la luz actínica del sol. Hasta que al fin logró ver cómo un estremecimiento acompasado y lento batía los matorrales de las afueras de la Salitrera, los remecía con un ulular suave que se fue expandiendo hacia el poblado, hasta transformarse en un viento que barrió con el polvo blanco de las calles, deshizo los cuerpos amontonados y repartidos sobre ellas, convirtiendo plumas, huesos y pellejos en montículos informes de arena. Se filtró entre las rendijas de las cabañas, se escurrió dentro de las casas, a través de los vidrios rotos y hurgó sobre los cuerpos estáticos, que ya no eran humanos, sino formas disecadas, y los devolvió a la tierra… Levantó los minúsculos granos que cubrían los techos de las cabañas y los elevó hacia el cielo… Entonces el sol comenzó a moverse lentamente, como si despertara de un pesado sueño invernal. Y don Gumercindo sintió, desde el fondo de su alma, la caricia del viento que azotaba la puerta de su casa, chocaba contra ella, contra sus facciones, contra sus ojos y su cuerpo. Sintió el latido de su corazón: una imperceptible vibración que lo llamaba a la vida. Quiso despertar, ponerse de pie, mover la cabeza, los párpados, pero no pudo. El insistente e invisible temblor de su vida comenzó a apagarse. El viento azotó su figura con furia, carcomió sus facciones silenciosas, su cuerpo viejo, barrio con sus órganos disecados y los trituró lentamente, como a los de una esfinge el tiempo, grano a grano, partícula a partícula, hasta que lo redujo a un polvo blanco como el del pueblo y lo llevó a través de las calles, por entre las casas vacías, llenas de polvo blanco y soledad…

[1988]

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5 pensamientos sobre “LA SALITRERA”

  1. Buenísimo, Horacio. Un placer de lectura.
    Un abrazo grande,
    Ana Delgado Cortés

  2. Lo escribí cuando García Márquez todavía me hacía tilín… Una vil copia de su estilo. Y lo del Feed funcionó porque al final ya me enteré que cuando pongo un texto como Página y no como Entrada al inicio, no actualiza el blog, son como independientes dentro del mismo blog; así que usaré un artilugio, pondré el inicio del texto en el inicio como entrada y luego haré un vínculo a la página correspondiente para que comenten allí; claro, cerraré los comentarios en la entrada, por supuesto, excepto cuando sea un texto de presentación o algo así. Gracias, amiga, abrazos. ¿Se nota que me estoy quedando sin material, cierto?

  3. ¡Ahora sí que ha funcionado el feed! ¿Esto lo escribiste hace más de 20 años? Pues se notan ya las maneras y la marca de Lobosluna, y las obsesiones 🙂
    Un gran abrazo, querido amigo.

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