OSTIONES

Para Make.

Lo peor es la humedad. Sobre todo en invierno, cuando una siente que el frío es un afilado cuchillo, una especie de eficaz bisturí dispuesto a incrustarse entre las junturas de nuestros huesos y abrir, despiadado, sus resistencias, hasta dejarnos en una intemperie gélida y absoluta, a expensas de todo tipo de virus y bacterias. Lo que menos se sienten son las manos: dos bultos que se mueven, entumecidos, como si no fueran parte de nosotras, afanosos, veloces y expertos (yo soy la más hábil y puedo hacer varios kilos en poco tiempo). Y por más que una quiera hacer algo por abrigar ambas, no puede, porque aunque una de ellas quede protegida bajo un guante de trabajo (que la mantiene bien a salvo y al abrigo de otro par de guantes más abajo), siempre hay que dejar una mano libre, que es con la que se tiene que trabajar, y se tiene que ser rápida, mover muy bien los dedos para poder manejar el cuchillo, incrustarlo, hacer palanca, abrir, sacar, botar, tomar, incrustarlo, hacer palanca, abrir, sacar, botar, tomar, hacer palanca, rápido, veloz, con pocas interrupciones (las necesarias para acudir a la imperiosa llamada de la naturaleza en un abrir y cerrar de ojos), sobre todo cuando la temporada está buena y hay posibilidad de hacer más kilos y más dinero.

Pero la humedad está en todas partes, y el frío, y cuando se incrustan en el cuerpo ya no hay quien los saque, y allí se quedan, para siempre, habitando en nosotras, sobre todo en nosotras, junto a nuestro corazón que, a veces, en noches oscuras y solitarias, tiembla un poco, y es también como un ostión, y el frío es como el cuchillo, afilado, cruel, que se incrusta, hace palanca, abre, saca, bota, toma, hace palanca, abre… Entonces pareciera que todo allá adentro se congelara en esa intemperie a la que queda entregado, y que ya no habrá forma de volver a sentir calor alguna vez. Y en esos días helados y grises, una termina de abrir el último ostión con un suspiro de cansancio, como si despertara de un agotador sueño, termina de pesar los preciosos kilos, se saca el desgastado, sucio y viejo delantal de trabajo, termina de bañarse (si hay agua caliente), se arregla y parte de vuelta a casa, pensando en un té caliente, en un volver cálido, en un cálido abrazo.

Pero la humedad está en todas partes, y el frío, sobre todo el frío. Y aunque unos brazos abracen y unos labios besen, y haya un destello de calidez por breves instantes, el frío siempre vuelve a instalarse allá al fondo, insistente, caprichoso. Y no sirve de nada afanarse en atender a los hijos, poner toda el alma en ordenar lo que durante el día ha olvidado su orden natural, perderse en una conversación de tono ameno. No sirve de nada. El frío y la humedad vuelven, siempre vuelven, despiadados. O tal vez no vuelven, tal vez sólo hacen valer su derecho de propiedad en algún lugar, en el fondo. Vuelven sobre todo cuando él me mira, cuando él me escucha, cuando quisiera decirle cosas que no se deben decir por temor a que las cosas jamás recuperen su orden natural. Vuelven cuando lo miro y quiero ser un cuchillo, un cuchillo afilado y férreo, incrustarme en su corazón y abrirlo, hacer palanca, abrir, sacar, botar, tomar, hacer palanca… Entonces, no sé porqué, pienso: “Los ostiones son machos”. Sí, todos ellos, sólo ostiones, ostiones y machos. Entonces digo alguna palabra distinta de otros días, pero más que decir, la vislumbro en la lejanía, la enarbolo como una bandera blanca escrita con secretos sentimientos, la ondeo en la distancia, ante sus ojos, por si alguna vez miran, ven, y sus ojos son buenos, sinceros, pero por más que miran no ven, no entienden: no ven la bandera escrita allí, silenciosa en un gesto, en un comentario casual y palpitante (“No sé si pedir vacaciones ahora, ¿tú qué creí?”, “Había un vestido tan bonito el otro día en una vitrina”, “A veces tengo unos sueños raros; debe ser ansiedad, ¿cierto?”).

Entonces quisiera ser también un ostión, cerrarme en mi concha, abrigadita, allí, donde no pueda llegar el frío y la humedad. Pero no puedo. Por más que me comprimo contra mis secretos, contra mi alma, celosa y oculta, él siempre llega hasta allí, sobre todo por las noches. En las noches viene una ola de calidez traída por sus manos, sobre mi piel, entre mis piernas, contra mis labios. Entonces él me abre. Soy un ostión, un ostión frágil y gimiente. Y él un cuchillo, un cuchillo afilado e inexorable que se incrusta en mí, hace palanca, me abre, saca, bota, toma, se incrusta, hace palanca, me abre… Soy un ostión, húmedo y abierto, abierto a la intemperie del frío que vuelve con más vehemencia cuando él termina, se deja caer a mi lado, da media vuelta y se sume en sus sueños de ostión imposible, oscuro e inexpugnable. Por eso debo levantarme cada mañana y, aunque haya sol, abrigarme bien, abrigarme y volver a la faena. Entrar a la ostionera, ponerme el delantal de trabajo, tomar el cuchillo (que yo misma confeccioné), un ostión y entonces incrustarlo, hacer palanca, abrir, sacar, botar, tomar… Imaginándome que sí, que por fin soy un ostión, un ostión de verdad, un ostión que se descuelga por un arrecife hasta llegar al fondo de aguas cálidas en donde poder descansar y ser él mismo.

(1999)

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