MAREA ROJA (capítulo inicial)

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PROEMIO A LA PRIMERA PARTE


I

PERO NO era.Lo supo porque la profesora había llevado una fotografía a la clase y él estaba acostumbrado a verlas siempre metidas entre las rocas, pegadas donde la baja marea le permitía merodear con sus compañeros de vez en cuando, jugando a arrancarlas del sólido fondo marino al que permanecían aferradas.A través del agua levemente agitada por el oleaje le pareció reconocer aquellos rasgos familiares que solían tener todas, pero le bastó echar una breve ojeada más de cerca para estar seguro del todo.No.Definitivamente eso que estaba allí en el fondo ¿semicrispado? a la roca, no era una estrella de mar.

Hubo un destello palpitante, ínfimo, de temor. Breve. Casi displicente. Una pálida estela de luz titilando en un cerrado universo de serenidad infantil, y el anuncio de un pensamiento que no terminaba de cuajar: ¿Uñas? ¿Pensó en uñas? Y, por supuesto, bajó. Se descolgó hacia la sima coronada por aquella insignificante masa de agua salada, transparente, enturbiada sólo por breves invasiones de espuma. Bajó porque tenía que estar seguro, seguro de que no había nada fuera de… dos. ¿Dedos? ¿Vio dedos? Y, por un instante, pensó que si los muchachos hubieran estado con él en esos momentos habría sido una experiencia más que superhiperfantástica. Chacal, habría dicho el Armando Cara de Guagua, una experiencia ¡cha-cá-li-ca! Pero estaba solo, notoriamente solo, definitivamente solo, requetearchiabsolutamente solo. Más solo que un zapato. Solo contra el mundo. Chucha que estoy solo. Y si no se hubiese hallado tan concentrado en tratar de saber, tal vez lo habría pensado un poco más, o bastante más, o simplemente lo habría pensado, pero tenía que ver, sólo para estar seguro, sólo… Dedos. Su respiración se detuvo una fracción de segundo. Dedos. Eran… Entonces fue cuando la marea hizo su gesto más casual, un gesto típico de marea: se replegó ante sus dilatados ojos. Y ya no cupo más dudas. Con creciente agitación pudo ver, a través de una fina película acuosa dejada como telón de fondo, no cinco tentáculos, ni cinco puntas de estrella, sino cinco dedos. Eran cinco dedos, y no exactamente cinco dedos; para ser más precisos eran cuatro dedos y un pequeño muñón. Los vio con una nitidez tan agobiante a la luz de aquel mediodía, que tuvo que hacer un desmesurado esfuerzo para no salir corriendo cuando su mente cobró la lógica conciencia de que no se trataba sólo de cuatro dedos y un resto huesudo, sino de toda una mano y de todo un brazo pegado a la mano y de todo un resto de cuerpo, o una cosa acuoso-lechosa y desgarrada parecida a un cuerpo. Lo que al ir bajando la breve pendiente había identificado como un diminuto racimo de algas meciéndose al compás de la corriente, cobró toda su consistencia a los escasos centímetros en que se encontraba ahora: se trataba de restos motosos de cabellera surgiendo del cráneo de aquel cuerpo. Y aquella mano no estaba exactamente crispada a la roca, más bien se encontraba crispada ella en sí misma. La idea de una estrella marina se le había ocurrido debido a que la mano asomaba por entre dos rocas, como separada del resto del cuerpo, semejante a una pequeña ancla de carne y tendones enganchada entre oscuros arrecifes.

Apenas la marea devolvió con brutal e inusitada vehemencia toda la materia líquida que había retirado ante su mirada fascinada y el cuerpo ondeó como una boya descarnada bajo la superficie, sus pequeños pulmones dejaron escapar la estrecha fracción de aire que habían retenido durante aquel breve y eterno lapsus e, instintivamente, se echó hacia atrás cuando el mar cubrió parte del promontorio donde se encontraba arrodillado. Sintió el agua filtrarse por la tela desgastada de los viejos jeans (una fría mano intentando atraparle las piernas) y giró buscando apoyo en la pendiente a su espalda para levantarse y subir, subir, subir… Su corazón, que había iniciado un rítmico golpeteo de tambores africanos, se detuvo con un acusado estertor de motor ahogado justo cuando sus piernas lo impulsaban a iniciar la huida. Algo había golpeado contra su pantorrilla. ¿Dedos? ¿Sintió dedos? Y aunque todo su cuerpo le enviaba en cada bombardeo sanguíneo un grito de alerta ineludible: ¡No mires! ¡Sube, sube, sube! ¡Sube y corre!, un impulso interno, venido de oscuras regiones inaccesibles para su propia conciencia, le instaba para que girase, sólo para saber, sólo para estar completamente seguro, sólo para… Fue un giro de cabeza rápido, mínimo. Pero bastó. Sus ojos se quedaron allí, fijos, enganchados, abiertos y dilatados para siempre sobre la imagen de aquel remedo de rostro corrugado y blancuzco, tiras de piel colgándole de las mejillas y la frente: un rostro delirante y pequeño meciéndose al vaivén de aquella marea. La misma marea que lo había traído hasta él, que lo había volteado limpiamente para que sus ojos lo vieran, que le comenzaba a ganar la pantorrilla sin que siquiera lo notara porque apenas daba crédito a lo que volvía a revelársele. Recién entonces comprendió que aquello no era ni tan siquiera sólo un cuerpo, sino un cuerpo pequeño, que las manos que flotaban en torno a él no eran simples estrellas de mar, sino diminutas estrellitas marinas, estrellitas marinas que comenzaban a multiplicarse, pequeños racimos de algas que lentamente y uno tras otro empezaban a estancarse en torno a los roqueríos, despanzurrados cuerpecitos que aquella marea había comenzado a eruptar como asquerosos desperdicios, rostros blancuzcos, corrugados e infantiles, corrugados e infantiles, corrugados… infantiles

Entonces aulló.Aulló como aúlla un animal desgarrado en medio de una noche sofocada de demenciales olores, olores más horrendos que la muerte misma, olores que logran arrancar de la garganta notas de abismante delirio y terror incontrolado.Aulló en un desangramiento interminable para no enloquecer cuando una segunda arremetida de oleaje trajo consigo brazos y manos que parecían alargarse para atraparlo.Aulló y saltó sobre la pendiente buscando la cima en un desesperado acto de liberación.Aulló y subió, subió, subió.Apenas sintió sus manos desangrándose contra la roca, ni la filosa saliente que se le hincó entre los tendones del muslo derecho y el sonido de la piel y la tela al rasgarse con violencia, y la sangre, el tibio fluir de la sangre…Sólo aulló, subió y aulló, aulló y corrió enloquecido.Y continuó aullando incluso cuando estuvo a salvo en su casa, incluso cuando todo aquello no fue más que un recóndito recuerdo de infancia.Y aulló todas las noches de su vida, desde sus sueños, hasta el final de sus días.

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