MAREA ROJA (Segunda Parte, cap. I)

portada-marea-roja-331x485SEGUNDA PARTE

LA NOCHE ETERNA

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… hundido en las tinieblas de una noche eterna,
en un caos de aguas y espumas.

Edgar Allan Poe, Manuscrito hallado en una botella.

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ssNO LE pudimos ganar a la niebla, aunque corrimos con toda nuestra alma. Llegó a la Caleta, empujada por el viento, y entró en las casas y se metió en las calles, Alberto, Nano, las tapó como una sábana. Desde lejos parecía una aparición, una niebla fantasma, hasta yo, con mi vista tan mala podía verla, brillante, era casi linda me acuerdo, cuando la vimos del otro lado del Varadero, corriendo detrás de ella, tratando de llegar para advertirles, pero todo fue inútil… Yo estaba tan cansado, Alberto, te vi pasar con los niños cerca (el cielo en esa parte de la Caleta se había despejado y parecía la madrugada con esa luna tan llena) y te grité corre nomás, corre, cuando vi que querías pararte a ayudarme, a mí, que sentía que el corazón se me iba a reventar, que casi no respiraba, que pensaba, tengo que llegar, tengo que llegar, aunque no tenía a nadie, Alberto, a nadie por quien correr, por quien seguir teniendo ánimo. Por eso no alcancé a llegar. Puse todas mis fuerzas en el último trecho, pensé en los niños, en las mujeres, en los que estarían durmiendo cuando la niebla comenzara a vomitar garras, ojos y dientes para devorarlos, pensé en que tenía, tenía que llegar, pero el corazón me latió a sobresaltos y tuve que detenerme, afirmarme en una roca, en lo que fuera. Quedarme ahí un rato, sólo un ratito, esperando que se me pasara el sofoco y entonces, cuando estuviera listo otra vez, volver a correr, correr y llegar, como ya llegaban ustedes, Nano, lejos, casi tocando las primeras casas de la Caleta, casi entrando en la sábana blanca de la niebla. Pero no pude. Cuando me enderecé respirar, el aire me pasó raspando por la garganta, quemándome el pecho, alcanzando el corazón que se me incendió, se me incendió, se me incendiaba dentro del cuerpo, apretándose y retorciéndose igual que yo tratando de abrir la boca para no morir, Dios mío, y sentir el último tirón como un latido corto y doloroso para irme durmiendo después, lento y suave, como si el mar me estuviera llevando por fin en calma, por fin limpio de cosas muertas, agradable como en los días de verano, mansito, así, como una cuna, y pensar que tal vez todo había acabado bien, al final, que la niebla se había ido a otro lugar, que todo volvía a ser como fue alguna vez y que por fin Dios se había acordado de nosotros, niños, duerman tranquilos, sí, ya no tienen que tener más miedo, mamita, ya puedo dormir tranquilo, para siempre, igual que tú, igual que todos los que esperan, contentos, que llegue la noche, una buena noche, para poder descansar sin pesadillas que espanten los sueños, sin dolor, sin cruces de palque ni oraciones antes del anochecer, y dormir, dormir así, como duermo yo ahora, Alberto, como duermo, Nano, como dormirán todos esta noche, como niños que sueñan, felices, con arena, sol y gaviotas.

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ABUELA, cuéntame otra vez la historia esa de la “animita” del niño que sale a penar cuando la mar está mala y se lleva a los niños desobedientes que no se acuestan temprano y les roba el alma, cuéntame, abuela, mientras yo me escondo abajo de las tapas para que no venga a buscarme, para que no me lleve igual que se llevó al Rodri y al Braulito y al Germán. Cuéntame de cómo era antes de que fuera animita en pena, de cómo lo dejaron botado en la puerta de la iglesia, de lo linda que era la iglesia antes, cuando venían barcos de todo el mundo y hacían de esas fiestas que sí eran fiestas y de esos trajes elegantes y las minas de la Plaza Alta y de tanta gente que vivía aquí antes de que el animita en pena del niñito saliera a caminar en la noche, robándole el alma a los hijos de todos. Cuéntame, abuela, de cuando lo criaron los curitas de la iglesia, de cómo le enseñaron a decir misa y a tocar las campanillas de la celebración y a rezar cien padrenuestros antes del alba, tan santito que era, abuela, ¿cierto?, antes de ser animita en pena. Y de lo triste que estaba siempre porque nadie lo quería, porque los niños y hasta la gente grande le tiraban piedras y le decían: “Hijo de Satán”, abuela, ¿quién era Satán?, ah, sí, era igual que el Diablo, ¿cierto?, y no se por qué a mí me da lástima cuando te oigo contar todas esas cosas malas que le pasaban antes de ser animita en pena, pobre, abuela, porque se me figura tan triste, con su trajecito de fraile bien remendado y roto, con sus piececitos llenos de costras, ¿tenía costras en los pies, abuela?, con sus ojitos brillosos de tanto llorar, con su vocecita tan penosa pidiendo que lo dejen entrar porque tiene frío, abuela, ¿lo has oído?, yo sí, lo he oído, pero es un secreto, no me mires con esos ojos tan grandes, abuela, no se lo vayas a contar a la mamá, si yo no le abrí porque me dio miedo, pero… Mejor sígueme contando, dime de cómo dicen que salía en las noches a visitar al dueño de la Casa Vieja, cuando la Casa no era tan vieja como ahora, qué miedo, abuela, ¿y de noche?, a mí me daría miedo, aunque la Casa estuviera nuevecita igual me daría julepe ir, sobre todo de noche, sobre todo en los días en que la mar está mala, abuela, cuéntame de cómo decían que el dueño de la Casa le enseñaba cosas malas, que no eran buenas ante los ojos de Dios, ¿qué eran esas cosas que le enseñaba, abuela?, ¿era pacto con el Diablo?, ay, deja taparme otro poquito con las frazadas, es que en esta parte siempre me da como un hielo en la espalda, abuela, ya, ahora sí, sígueme contando, ¿qué eran esas cosas malas que le enseñaba?, ¿a volar como un pájaro?, ¿como el chonchón, abuela?, ¿tú has escuchado al chonchón alguna vez?, yo no, nunca, mi mamá dice que aquí en Carrizal no hay chonchón porque es playa, pero sí hay, ¿cierto abuela? ¿Y qué más, abuela, qué más le ensañaba?, ¿a echar males a la gente que se reía de él?, ¿a mirarlos fijo para echarles el mal de ojo y que se murieran de terribles dolores? Después los abrían y adentro tenían sapos y culebras y cosas negras, qué feo, abuela, pero a mí no me da miedo, sígueme contando, si a mí no me da miedo, aunque la noche esté así, tan oscura, y la mar esté mala y botando cosas ahora, cuéntame no más, cuéntame de cómo una noche, justo al medio de la misa, el niñito maldijo a Dios y a toda la Caleta, cuéntame de cómo lo echaron de la iglesia y de cómo una noche el mar se lo tragó en castigo por todas sus maldiciones, abuela, de cómo hubo una peste de ratones y de esas cosas negras que se pegaban a la piel y le chupaban la sangre a la gente hasta que se moría, no, no tengo miedo, es que el frío hace que tirite un poco no más, abuela, sobre todo en las noches así, tan feas, cierra bien la ventana y dime qué fue lo que le pasó al niñito después que se lo llevó el mar, abuela, cuéntame cómo anda en pena ahora por la Caleta desde entonces, llorando, triste, buscando a otros niños para llevárselos al fondo del mar y robarles el alma, ay, que está fuerte el viento, abuela, no te vayas todavía, es que te falta contarme lo que le pasó al hombre de la Casa Vieja, ¿nadie sabe, abuela?, ¿pero cómo dice don Ramón que todavía se ve luz en la Casa algunas noches?, dice que es el alma sin descanso del dueño de la Casa que espera a que el niñito vuelva, ¿es verdad, abuela?, yo no he visto luces en esa Casa, aunque el Checho dice que una vez se le apareció el ahorcado cuando iba subiendo cerca del árbol donde dicen que se aparece, es verdad, abuela, cuéntame la historia del árbol del ahorcado, por favor, abuela, todavía no te vayas a acostar, quédate otro ratito, por favorcito, hasta que me duerma, ¿ya?

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LA CASA siempre estuvo allí. O tal vez no. Tal vez nació, como nace toda cosa o todo ser, en un punto del tiempo preciso y único, destinado a quedar a expensas de la implacable escisión cronológica que define un dato, al incisivo bisturí de la memoria humana que corta todo en días, meses y años. Tal vez un día el paisaje sólo se llenó con su presencia y la roca negra embadurnada de blanco, el azul agitado del mar, el cielo poderosamente inclinado sobre la tierra, retrocedieron imperceptiblemente, como el fondo de un paisaje en una tela retrocede ante la presencia de la luminosa figura en torno a la cual parecen condensarse todos los demás elementos. De pronto (Dios sabe por qué) se olvida que allí, alguna vez, sólo hubo paisaje, simple y llano, habitado de sí mismo, en armónica quietud y templanza. La obtusa silueta de aquello que se instala en medio de aquél desarticula los hilos del perfecto permanecer de las formas y les imprime su propio sello, o más bien, se alimenta de ellas, absorbe su vital luminosidad para lograr su propio y enceguecedor resplandor, como una luna opaca reflectando una vida prestada. Bajo su brillo intenso sólo existe la ruina y la oscuridad, las grietas y las alimañas, el abismo insondable de la lobredad… Sin embargo, brilla. ¿Quién podrá ya recordar el paisaje en su pureza original? ¿Quién podrá imaginar la forma de la roca, el color del mar, del cielo o las nubes en su soledad arcaica? Tal vez un día los tiránicos contornos de su figura desaparezcan amenazando devolverle al paisaje su antigua armonía, pero su ausencia la hará más intolerablemente presente que nunca, quizás. Tal vez porque ningún pensamiento podrá ya abarcar aquel paisaje sin ella, sin su estar o su dejar de estar –imperecedero, férreo– ni antes, ni después. Tal vez porque siempre estuvo allí, inconcebiblemente ausente por toda una eternidad…

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