OMEPAS Y EPAMOS

ESO ES TODO

Poetas, ¿qué me dicen?
¿Cualquiera puede escribir poesía
en este país?
¿Tan angosto es?
Tomar un lápiz, un teclado,
tirar una o dos líneas
consecutivas y bualá (a la chilena),
hágase la poesía.

¿No dirán nada?
¿No saldrán a las calles?
¿No quemarán sus libros en humeantes
hogueras (para qué escribir libros
que cualquiera puede escribir)?
¿No crearán un Sindicato para estar
a la altura de los tiempos?
¿No escribirán verdadera poesía?

Ah, pero mientras tanto
déjenme probar de este fruto
del arte.
Háganme un ladito más que sea
para decir una que otra
metáfora luminosa
u oscura, ¿a quién le importa?
Juro por Dios –ese con mayúscula que ensucia
la poesía pura- que no
buscaré un editor, que es un pasatiempo cualquiera,
ya saben, un ocio.

Eso es todo. Tengo que ir a comprar
el pan. A la vuelta quizás escriba un par más.

s

sDELGADO COMO UN HILO

En una canción de la ciudad
tiene que haber
un dios fálico y un mar
de esperma, Efraín,
no hay caso.
Las golondrinas y las flores
deben morir aplastadas
o marchitarse.
Y un muro, claro,
imprescindiblemente un muro
y un hueso
y un hombre delgado
como un hilo,
y sangre
y semen reventado.
¿Dejé algo innominado?
No importa.
Alguien más lo vomitará por mí
con pus, coágulos y todo eso.
Un “poeta” tal vez,
quién sabe.
Por lo pronto, apaga la luz
y déjame soñar
con las colmenas
y la dulce miel de los ijares.

s

sCONJURO NOCTÁMBULO

¡Oh, yo no abrí la boca
para desatar la ruina
a las puertas de este abismo!
Alguien me cosió estas alas
incrustadas en escamas candentes
en un juego antojadizo.
¿Quién me vio trepar raíces
desde los profundos foros
en que la Noche cercó
las mansiones del Sueño Eterno?
¿Quién auguró, en alguna
aurora temprana y primigenia,
esta voz que espanta
hasta su propia sombra huidiza?
¡Conjura este silencio abisal,
sorda agonía!, ¡subyúgalo
a tu propio canto a la hora
del poderoso letargo
que espuma la tibia sangre
en lúbrica embriaguez solitaria!

ss

ROSA DE OLVIDO

Se abrirá la rosa húmeda del día
rojo, cual sangre rota y palpitante.
Que tus labios yertos son una herida
muda que aún se agita, ¿quién lo sabe?

Hueso sobre hueso deja el olvido,
preso en la fosa cruel que la memoria
cubrió, como la boca en el martirio
cubre la mano que asesina y toca.

¿Dónde están los ojos, dónde las bocas
que se abrían cual rosas, como fuego?
¿Quién las silenció? ¿Dónde están? ¿Se fueron?

¿O ya es la flor ardiente dulce rosa,
hundida en lo solemne que deshoja
el rojo palpitar de los tormentos?

s

sLETARGO

Son tan terrenales, lo sé.
De su boca emergen
las mismas flores
marchitas en la ráfaga
delirante del sol meridiano.
Torrentes luminosos, actínicos,
abrasan la soledad
de este páramo frugal
y aletargado:
duendes sonoros que se hicieron
sombra veleidosa contra
una columna ignota.
Ya sé, ya sé,
todo borrón es una tachadura
con forma de otro cisne
próximo a batir sus alas
y abrir su canto
ya sin memoria que recuerde
el silencio primordial que fue trizado.

S

SU SEGURO SERVIDOR

¿Y si yo dijera:
“Dios es una piedra que ha rodado
cuesta abajo, luego de azotar
algunos pechos, hacia el infinito abismo
de la nada”?,
¿qué dirían ustedes?
¿Moverían la cabeza con la vista
clavada en el suelo como quien concede
una visa de extranjero?
¿Se desgañitarían batiendo palmas en la celebración
de un oscuro rito ctónico?
¿Encenderían la antorcha y quemarían los
montes en el sanguinario éxtasis
del triunfo y la victoria?
¿O se rasgarían el pecho y espolvorearían
ceniza en sus cabezas penitentes
y gritarían: “¡Blasfemia! ¡Blasfemia!”?

¿Adónde se volverían sus miradas duras
y su locura mística, señores, si
reconociera que Dios ha muerto?
Si dijera “Zarathustra” y mis labios
temblaran al borde de la inconciencia existencial,
allá, en el centro del ojo de un
huracán infrasuprahumano.
Si el cordero abandonara su
posición fecal de animal obediente
y su espumoso y suave abrigo.
Si se rebelara de pronto al trasquileo,
¿dirían: “Bienvenido al club de los malditos”
o mirarían con recelo el naciente
nuevo (des)orden y emigrarían
a otros campos para
pastar en cuatro patas,
para suplir la insoportable igualdad
inaceptable para el sublime espíritu
de su poesía y balarían
y se dejarían trasquilar y gritarían:
“¡Escucha, oh, Israel…!”?
¿Soportarían tanta vulgaridad incrédula y
parsimoniosa ateística? ¿Soportarían
tanta tabla rasa repentina,
ser lo mismo que son todos sus congéneres?

Gritarían. Lo sé.
Alzarían las manos al cielo e inclinarían
la frente y cantarían
cánticos nuevos.
Desnivelados. Desentonados. Incólumes.
Y dirían otra vez. “Nadie nos toca.
Nadie nos alcanza. No somos nadie.”

Y es que les tocamos la flauta
y no danzaron,
les cantamos cantos plañideros
y no lloraron,
les hablamos en parábolas
y las entendieron todas
(con notas a pie de página incluidas).
Jugaron a los dados sobre
el manto de un dios moribundo
mientras reían de la cotidianidad de la vida
o de la muerte,
guerreros orgullosos al pie de una cruz,
pero siempre al pie.
Al pie de una cruz se juega a los dados.
Al pie de una cruz se ríe de la vida y de la muerte.
Al pie de una cruz se escupe a un dios moribundo.
Siempre al pie de una cruz.
Al pie de una cruz es posible toda herejía,
y la sombra crece con el sol
de la mañana y del atardecer,
con el sol que se oculta,
con el sol.

Y no hay nada nuevo bajo el sol.
Nada.
Aquí todo se pudre con el mismo color
que adquiere la podredumbre
y el mismo olor que sofoca a
todas las almas.
¿Qué hacer?
¿Poesía?
No. Eso déjenlo para esos señores
que requieren visa de extranjero
para “entrar en todas las cosas”.
Los que buscan infiernos o
cielos a contraviento
porque así (dicen) nace la verdadera poesía.
Los que saludan de lejos
por miedo a que los salpique el aliento
mundano del hablar cotidiano.
No.
Persigan, persigan al que se atreve
a escribir versos santos,
a hacer volver al exiliado de los campos
sangrientos de la existencia verdadera y radical
de la nada.
Pero ¿cómo se atreve?
¿Quién le cosió esas alas
de ángel jubilado para fraguar
tal herejía poética?
¡A él! ¡A él!
¡Que Lihn lo sofoque
con sus plumas rojas,
que Neruda le parta
el cráneo hoz en mano,
que le deshaga la frente de
un martillazo!
¡Que la Gabriela se levante
de su tumba y lo
convierta en piedra,
que Huidobro lo reduzca a
cenizas con su pico de
cisne insigne,
que lo ponga en capilla!

Pero ¿tiene acaso antecedentes
suficientes?
¿Es un paria buscándose a sí mismo
en la oscura oquedad
de su propio abismo?
¿Lee griego? ¿Lee latín?
¿Es gongori(a)no?
¿Cuántos libros hay en su escaparate?,
¿están sus hojas deshechas, sus lomos
rotos de tanta incontenida lectura,
de tanto amasarlos entre
sus dedos?
¿Tienen señales de vida?
¿Gusta de las ediciones príncipes
tanto como de sus orgasmos?
¿Es alternativo?
¿Es transexual, transcultural,
transmoral, transgenético,
trans-eúnte?
¿Y qué nos dicen de su dios?
¿Lo escribe con minúscula?
¿Lo trata como a un fardo viejo,
un perro ciego, un mojón maloliente,
un vómito ancestral, un carcelero
venido a menos?
¿Sus versos –si es que así se
les puede llamar- dan asco
a cada nueva metáfora?
¿Llora su pobre e ignominiosa
soledad, dice yo, yo, yo,
ay, ay, ay,
himen, himen, himen?
¿Hace preguntas incontestables, insoportables,
ácidas a cada verso?
¿Dice “Dios te salve” y “Amén”?

Entonces abandónenlo.
Ciérrenle la puerta en las narices
y escúpanlo junto con su Dios.
Es un cordero.
Trasquílenlo. Para eso está.
¿Sabía todo lo que sabía?
¿Había leído todo lo que había leído?
¿Escribía medianamente bien?
Eso no era lo de rigor.
Contestó mal la última pregunta.
Dijo: “Sí” y eso basta.
Condúzcanlo a las puertas
de esta ciudad
inexistente y denle un pedazo de losa.
Que se rasque,
que se rasque hasta desangrarse.
Que espere un milagro,
¿no dice que cree en ellos?
Bueno, que así sea.
Digan: “Amén” compañeros de armas,
digan: “Amén” y olvídenlo.
O no.
Mejor trasquílenlo, trasquílenlo
y mientras canten, tarareen
los nuevos versos que
han de venir,
esos que nacen de la inspiración
de los balidos,
¡oh, gozosos!
Esos balidos que dicen:
“Su seguro servidor.
Siempre a expensas de su seguro servidor.”

S

TARDE ESTIVAL

La dulce luz ha descendido.
Bruñida y blanda espesura
que replica en mullidos suspiros
hambrientos de paz.
Aquí de pronto es la tierra
urdiendo sus antiguas lanzas
de furia al sol,
espejo broncíneo en su primordial
fragor abisal.
Ruge entonces la tarde
en armoniosos destellos silenciosos,
palpitantes en su muda tibieza
y se precipita en lluvia solar
rociada sobre el seno poderoso
de la Antigua Morada.
Todo vibra, entonces,
todo sucumbe,
y las bocas destilan aromáticos
versos que entonan
su ignorado deleite crepitante.

S

AHORA ENTRO YO

1

Ahora entro yo.
Salgan.
No he abierto aún
las venas de esta sangre,
ni la boca de esta palabra
ha sido desgajada de su primer sonido aún:
sombra espesa, tiempo errante,
piel suntuosa apretada a un árbol
cual corona frutal ávida
de profundas victorias
subterráneas.
¿Serán estos ojos de Gorgona
que me han brotado de las sienes
hacia el borde de este rostro enjuto?
¿Serán sus destellos crepusculares
sobre la ventana breve
que eclipsa su propio anochecer
los que se arrullan
cual tórtola insomne
entre el follaje sonoro?
Hebras incrustadas, rítmicas cuerdas
destiladas sobre pliegues virginales.
Invocación. Imágenes incomprensibles
en mágica danza
desde una palma
que inclina sus dedos cual capullo sagrado
exprimiendo divinas mieses.
Voces idas, incongruentes ya
en esta hora vernacular de la palabra,
gesto disecado sobre su propia huella
antigua y olvidada para siempre.

2

Por siempre. Para siempre.
Así es como queda
cada cosa puesta sobre
cada esquina del mundo:
sumida en su inexorable crepúsculo,
arrinconada contra su propia sombra,
penitente y obtusa.
¿Quién desplegará las persianas
caídas sobre la postrera
oscuridad
o vigilará los tenues linderos
que el sueño traspasa
inadvertido y risueño
como en un amoroso juego eterno?
¿Fin del juego? ¿Eso es todo?
Y luego la orla infernal de fuego negro
ciñéndose a todo un poco,
así,
como un guiño postrero de adúltera
antes que raye el alba y todo sea reposo
y tiempo ido, consumido
en su breve temblor de hembra herida
por los años y las nieblas
de los siglos.
¿Partir? ¿Volver?
¿Adónde?
Ni siquiera el aquí depuesto
cual letra caducada en inminente
anhelo de lo pretérito ya nunca sido
sabrá decir su por qué, ni su cómo,
ni su cuándo.

3

Abro la boca, ya es tiempo,
y emerjo desde la ostra sideral
que se pliega fuera de sí misma.
Esta era mi alma, al fin, toda ella
desnudez, inaudita, tersa
y fresca como la nuez antes
de hundirse en la fosa sonora,
pestilente, jugosa
de las palabras.
Pongan el bozal a esta loba hambrienta,
abierta hacia la sed insondable
de un ardor silente.
¿Debo tocar mis labios
con dos largos dedos pálidos
y lamer mi propio veneno
refluyendo en su llameante
cuerpo?
Ahora vean. Ahora sientan.
Toquen. Miren.
Frondosos y abismales senderos
serpentean bajo la prudente
faz de lo que se ignora.

s
DE TODO Y NADA

Atrás dejé los cementerios solos,
las lápidas color ceniza,
los huesos frágiles,
turbios vestigios sin memoria de nadie,
huesos en deuda y
desahuciados por el casero infame,
oh, sí, atrás.
Atrás la negra vestidura
de la maldición juglaresca
tan venida a menos,
tan grotescamente irrisoria ya,
tan demodé.
¡Abismos lustrales, atrás!
¡Orgasmos purulentos, perras hambrientas,
hímenes desgarrados, huecos insalubres,
dioses muertos, gárgolas derruidas,
atrás, atrás, atrás!
¡Vade retro caduca luminosidad metapoyética!
¡Von vogaje!

Ahora,
sólo ahora,
solo,
sólo el sol en venganza radioactiva,
atómica, ultravioleta sobre la tierra a punto de parir
flores incandescentes,
verdes praderas augurales guardadas
para la posteridad.
¿Por qué para la posteridad?
Denme, denme el fruto redondo del artificio,
la dulce pulpa regenerativa,
la virtual virtud de las vírgenes
engarzadas en la red sideral,
en su vincular circuito sin fin.
Denme las aguas destiladas
en su pureza extrema,
traídas en ánforas transparentes
como el cristal, incorruptibles
corazas de inmortales…
Ah, déjenme rodar
por la alfombra verde extendida,
sobre la graba infértil,
saborear su milagroso despliegue,
su resplandeciente perfección.
Y tararear algo así como un espasmo,
como una canción primitiva,
inidentificable, ininteligible, insípida.

Atrás dejé los senderos nebulosos,
las hórridas catacumbas.
Atrás la hora de la siembra,
la cosecha, la fiesta…
Ahora,
sólo ahora,
solo,
sólo el tiempo de la siesta,
del absoluto ocio, del eructo (perdón),
de la miel ya destilada,
de la fruta puesta y servida, procesada…
De todo y nada.

s

AHORA ES CUANDO

Pero debo decirlo.
Ahora es cuando abro mis alas
y me asemejo a un buitre hambriento
como quiso el viejo ciego
de tanta luz venérea
que se yergue, erecto,
dispuesto a la violación ancestral
y poderosa, pero terrible.

Ahora es cuando las madres
suplican con voz de jauría herida
para que se respete su concha,
para que no queden expuestas
tantas vísceras oscuras y siniestras,
retoños bastardos,
como perlas –dicen-, como
joyas –gimen-, blancas o
negras, como duras esferas
excretadas por la paloma
o la lechuza del ocaso,
que fue degollada –Santo Padre-
para los dioses diurnos
que ignoran toda noctámbula verdad.

Ahora es cuando ansío desplegarme y abatirme
en picada hacia la tierra
y contra aquel cielo
que de tan límpido asquea.
Abrirme y penetrarme hasta saciar
mi anhelo enfilado hacia
indecibles honduras que deben ser dichas
aquí y ahora.

s

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5 pensamientos sobre “OMEPAS Y EPAMOS”

  1. Gracias por sus comentarios, Fran, Bel y June. Qué tal, me encanta escribir cuentos pero hasta el momento sólo he recibido comentarios por los “ejercicios poéticos”, ja, ja. No digo que no me gusten los comentarios porque sería un mentiroso. Curiosamente “Delgado como un hilo” y “Letargo” tienen punche, como decimos aquí, siempre son bien recibidos (en otra página donde los puse alguna vez fueron los más leídos), aún cuando yo tenga mis preferencias por otros, pero supongo que mi opinión vale poco porque es interesada. Respecto a Jaime Gil de Biedma, no lo conozco, pero fíjense que me ha aparecido ya dos veces durante estos días, primero en la página de Bel, donde hay un poema (y el único que conozco hasta el momento) y ahora en el comentario de June. ¿Qué será será?, como dice la canción, ¿será que el destino me empuja a ese encuentro? Iré directamente a él, eso es seguro.

  2. He leído tus cuentos y están impregnados de poesía, algunos de ellos, en muchos fragmentos, traen a mi memoria a los llamados poetas de la experiencia y a su maestro o iniciador, uno si no el más grande desde la segunda mitad del siglo ya pasado: Jaime Gil de Biedma del “Grupo de Barcelona”. En estos poemas, veo la firmeza y rotundidad de tu prosa. Me gustan Lobosluna, sobre todo “Letargo”, tiene una fuerza especial en sus imágenes. Te comentaré más detenidamente la impresión recibida por tus cuentos vía ML.

  3. Maravillosos, Lobosluna, maravillosos. Todos me gustan, pero me quedaría, por lo evocadores, por sus impresionantes imágenes con “Delgado como un hilo” y “Letargo”.

  4. Desde luego que leyendo tus relatos se trasluce que tienes trato con la poesía porque has sabido desembarcar esas imágenes potentes en tu prosa. También opino como tú que un género no excluye a otro y que son más bien complementarios. Yo, al menos, tardé en darme cuenta que era más prosista que poeta… En el fondo ¿qué son los géneros? Me refiero que muchos escritores pueden tener ambas vocaciones y enriquecen sus trabajos de esa manera.

  5. Debo decir que la poesía no es mi fuerte. Estos, más que poemas son “ejercicios poéticos”, necesarios, me parece, para todo escritor, porque para lograr una buena prosa hay que leer poesía y “ensayar” el lenguaje con ella, aunque el resultado no sea de lo mejor. Sí, ya sé, eso suena como si la poesía fuera un “instrumento” más que un fin en sí misma para mí (no es así), pero bueno, le hago al cuento, no a la poesía, a pesar de que me gusta.

    En todo caso, publico esta especie de poemas. A veces los credores de poesía son tan malos como los lectores de ella, así que a más de alguno o alguna les llamará la atención. A mí me llaman.

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