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Yayoi Kusama. “Infinity Mirrors”.

Se me acaban las palabras.
Los eslabones que las unen se desgastan
y resquebrajan.
Un remedo tumefacto de redundancia
cíclica las corroe como a mariposas secas
estacadas bajo la suave lumbre de un
escaparate, en piezas de museo
apergaminadas y mustias.
Hasta aquí, me susurran, hasta aquí,
y su aliento moribundo socava
el abismo donde los naufragios se dilatan,
sucumbiendo bajo un profundo mar de espejismos
trizados y añejos.
¿A dónde fue la tersura de sus sueños,
los dinteles de sus figuras elevándose
hacia un cielo de ébano y escarcha,
lejos,
en la profunda noche?
El primer signo de un gesto insondable
tras las grietas del tiempo,
estirándose hacia atrás y hacia adelante
en un insoportable vértigo.
Me detengo.
Y la náusea tiene cuerpo.
Tiene nombre.
Tan antiguo como el miedo.
Un conjuro que se eleva como un eco
incesante, mortecino,
repitiendo,
repitiendo,
repitiendo,
repitiendo…

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