APUNTES ANTEDILUVIANOS

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Dariusz Klimcsak.

Ya es un hecho. De aquí no salimos más hasta pasados un buen par de años, o lo que dure la debacle natural que se nos viene encima. Tengo preparadas unas buenas tinajas de vino, una suculenta despensa de carne seca y ahumada, cientos de frutos deshidratados y en conserva, además de una pequeña biblioteca, si se le puede llamar así a esta pequeña habitación con estantes medio podridos por la humedad, donde rollos de papiros se amontonan sin ningún orden establecido.
Lo único realmente más intolerable que el encierro, en todo caso, es el olor a establo y a bosta de animal. Pero no quedan muchas opciones cuando un tipo medio raro, aparecido de la nada, te dice que un diluvio va a arrasar la tierra, y que a menos que construyas un arca y te salves tú, tu familia y cientos de especies de animales, es la extinción definitiva del mundo como lo conocemos. Así tal cual. Sin entradas dramáticas ni palabras rimbombantes. Si todo lo que dijo es cierto y se llega a repoblar este planeta, la historia será contada con menos parsimonia, por supuesto; le agregarán luces cayendo del cielo y grandes discursos, como siempre, y me pintarán como el elegido y salvador del mundo, no como el alcohólico y déspota en el que me convertí.
Difícil no alcoholizarse cuando se vive entre gente que no ve más allá de sus narices o sus rebaños. Por pasármela mirando hacia el cielo buscando señales y haciendo cálculos, fue que me topé con este extraño ser y sus alarmantes profecías, y acabé metido en este agujero con forma de nave gigantesca. Y también en un par de fosas de castigo, dicho sea de paso, por andar desparramando anuncios terroríficos sobre el fin del mundo.
Allá ellos. Hace un par de semanas el cielo empezó a encapotarse horriblemente y creo que la cosa va en serio. Ya no tengo que salir a corretear a mi esposa y a mis hijos por las llanuras y los cerros, porque insisten en volver a la aldea y alejarse de un loco de remate que los obliga a permanecer en un arca del tamaño de una montaña repleta de animales, y los hace trabajar como esclavos. Incluso ellos han empezado a preocuparse por el brusco cambio del clima. El aire se ha vuelto sofocantemente húmedo, y una espesa niebla se compacta contra la tierra que ya empieza a licuarse. Todos permanecemos a la expectativa dentro del arca, sin atrevernos a poner un pie afuera, por si acaso.
Si a eso se agregan las espeluznantes trombas y fuegos fatuos que colapsan el cielo durante noches que se han convertido en verdaderas bocas de lobo, sin un atisbo de claridad fuera del concierto luminoso dado por los cielos, entonces el cuadro queda completo. Ya no hay vuelta atrás. Ni siquiera para los que gritan que los dejemos entrar y golpean las entradas del arca. Todo está sellado a fuego e impermeabilizado según las instrucciones entregadas. No podríamos abrir ninguna entrada ni aunque quisiéramos.
La elección ya fue hecha, en todo: personas, alimentos, animales, enseres y registros. Imposible que entrara todo, ni siquiera en una gigantesca nave del tamaño de una montaña. Lo que queda fuera está irremisiblemente perdido, al menos lo que no pueda volar o sobrevivir bajo el agua, y tal vez ni aún esos.
En los años que vienen habrá mucho trabajo que hacer, sin duda, pero también mucho tiempo para sentarse en este pequeño compartimento y leer algunos de los rollos rescatados del eterno olvido. Y mucho tiempo para escribir también, algo que siempre quise, pero nunca tuve la oportunidad de hacer en aquel triste mundo lleno de afanes, ignorancia y luchas diarias que está a punto de diluirse para siempre.
¿Será mejor el que venga? Quién sabe. Pero por si acaso, intentaré dejar un registro de esta historia que pueda inspirar a las generaciones venideras. No demasiado humano, no demasiado divino, pero definitivamente lleno de rimbombancia y catecismo moral. ¿Cómo empezaré? ¿Y cómo me llamarán en esta historia? Bueno, el inicio más simple es el mejor. Ahí voy.
Esta es la historia de Noé…

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