COMIDA RÁPIDA

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Paul Cadmus. “The Seven Deadly Sins – Glutony.”

“¡Tenemos hambre!”, gritan desde atrás. Apenas los oigo, concentrado como estoy en tratar de ubicar una próxima parada para abastecernos y poder saciar sus exigencias. El transporte traquetea un poco, indicando un posible desgaste debido al largo periodo de viaje, sin una sola detención desde la última salida.
Acomodo los envases vacíos de los alimentos consumidos por el camino y los pongo detrás del asiento del copiloto, tratando de no hacer contacto visual para evitar perturbar la breve calma que casi siempre sigue antes del siguiente arrebato. Son instantes breves y preciosos, así que hay que tratarlos con cuidado, como un diminuto lente de contacto sobre la punta de un dedo tembloroso.
Hace calor. Eso tampoco ayuda. La maquinaria se debe estar sobrecalentado y el aire acondicionado ya no debe fluir correctamente. Intento concentrarme en un posible destino que aparece sobre la carta de ruta, tratando de mantener el volante firme, sin que las manos me tiemblen por el movimiento de los fierros o se resbalen por el sudor en mis palmas. Ahí, un pequeño lugar habitado a unos…
“¡Hambreeee!”, chillan desde atrás, dando golpes sordos sobre el espaldar de mi asiento. “¡Tenemos hambreeeee!”. El volante se me escapa un segundo de las manos y el vehículo parece tambalearse bajo los chillidos de reclamo. “¡Ya vamos a llegar!”, grito en el tono más autoritario que logro emitir, y recupero el control de la máquina. Desde atrás emergen diminutas risitas macabras y murmullos insidiosos, pero los ignoro. Prefiero continuar concentrado en lo que estoy haciendo para salir lo más pronto posible de ese inaguantable atolladero. “Unos minutos más y podrán comer todo lo que quieran hasta reventar”, agrego, viendo como por fin asoma a la distancia el primer lugar habitado después de cuatro torturantes días de viaje.
Pero ellos no entienden razones cuando del estómago se trata. “¡Comemos o te comemos!”, empiezan a canturrear, “¡Comemos o te comemos, comemos o te comemos…!” Hilos de sudor empiezan a escurrirme por la cara y la espalda a esas alturas. Indico hacia adelante: “Ahí, ¿ven? Ahí hay gente y hay de comer, ¿contentos?”.
Cinco minutos después ya estamos en tierra y salgo del vehículo para abrirles. En cuanto lo hago salen corriendo como enajenados hacia la oscuridad de un poblado pálidamente iluminado en la distancia. Por suerte es de noche y no tendremos que esperar. En la cerrada oscuridad nadie los va a ver llegar, y con suerte tampoco los van a ver salir. Ni a mí.
Me siento a esperar dentro del vehículo, dejando la ventanilla abierta para disfrutar el aire en la calma previa a otra noche de horrores. Excepto las estrellas, ningún otro astro entorpece la belleza de este cielo escarchado. Escucho en la lejanía el primer rumor de alerta, una ridícula sirena que difícilmente alcanza a oírse hasta ahí. Luego los tiroteos, las explosiones y los gritos. Mientras todo sucede, busco algo de comer entre las provisiones que van quedando. No son muchas, pero deberían alcanzar hasta el próximo mundo habitado que, según la carta de navegación, estaría a unos dos o tres días de distancia. Ojalá sean dos y no tres, porque son tan voraces que pasado un día ya vuelven a tener hambre.
Los gritos más distantes empiezan a disminuir. En cambio, percibo carreras desesperadas y aullidos enloquecidos en las cercanías próximas al vehículo. Alguien debe haber visto la luz del transporte y pensó en salvarse. Inútil, claro. Me encasco los audífonos y pongo música para no tener que oírlos desgarrar y tragar mientras la presa aún chilla entre sus fauces.
Media hora después todo está en calma otra vez. Sólo tenues petardos alejándose y una negra humareda destilando desde el poblado. Las estrellas se ven borrosas y huele a quemado. Los escucho subir gruñendo satisfechos y me bajo a cerrar la puerta tras ellos. Es todo. Ahora a continuar la búsqueda, hasta donde alcance la vida, esperando que el comemos o te comemos jamás se haga realidad.